Tradiciones mayas reviven en el Caribe mexicano

Con los primeros rayos del sol, el puerto caribeño de la antigua Ppolé se llena de ruido; desde él zarpan canoas en dirección a la isla de Cozumel, donde la diosa Ixchel predice a los viajeros su futuro. No es el siglo XIII sino la Travesía Maya, que va camino de convertirse en una tradición en México.

En tiempos prehispánicos, los mayas creían que el oráculo de la diosa Ixchel estaba en el Caribe mexicano, en la isla de Cozumel. Hasta allí viajaban desde todas las comunidades de Yucatán para que la diosa de la fertilidad, la luna o la lluvia les predijera su futuro. Muchos de ellos zarpaban del puerto de Ppolé, a 18 kilómetros de la isla, que se convertían en 28 por las corrientes del mar.

“Los gobernantes de las ciudades mandaban emisarios para preguntarles cómo les iban a ir las cosas. Los sacerdotes de la isla se metían dentro del oráculo (el templo en su honor), entraban en trance y respondían lo que la gente preguntaba. Después regresaban remando y entregaban el mensaje a su pueblo”, explica Iliana Rodríguez, directora de comunicación y relaciones públicas de Xcaret.

“UNA DE LAS TAREAS MÁS COMPLICADAS FUE CONSTRUIR LAS CANOAS; LOS MAYAS LAS HACÍAN CON EL TRONCO DE UN SOLO ÁRBOL, LO TALLABAN CON HACHUELAS DE PIEDRA Y HACÍAN FUEGOS PARA QUITAR LO QUEMADO.”

A la isla también peregrinaban las mujeres, al menos una vez en la vida, para pedirle a la diosa que les diera hijos. Con la invasión de los españoles, esta tradición acabó por desaparecer, hasta que hace casi una década las autoridades del parque ecológico de Xcaret, en donde antiguamente estaba el puerto de Ppolé, decidieron rescatarla.

“Los Gobiernos no siempre tienen los recursos económicos, el tiempo y la iniciativa, y nosotros estamos en el lugar histórico donde ocurrieron hechos de la cultura maya” y por ello “convertimos en la razón de ser del parque la promoción del patrimonio cultural de México”, dice a Efe Carlos Serrano, experto en cultura maya y asesor del parque.

En un trabajo que duró más de dos años, consultaron bibliografía sobre religión de los mayas, revistas de arqueología que hablaban de la navegación, acudieron al centro de estudios mayas de la UNAM e incluso al asesoramiento de algunos arqueólogos del INAH.
Todo para estudiar el comercio, las técnicas de navegación, los rituales religiosos, la indumentaria e incluso sus danzas. “A partir de las figuras de los danzantes que se ven en códices y vasijas, coreógrafos y antropólogos hicieron un estudio de cuáles eran los posibles movimientos”, explica.

Trabajo duro

Una de las tareas más complicadas fue construir las canoas; los mayas las hacían con el tronco de un solo árbol, lo tallaban con hachuelas de piedra y hacían pequeños fuegos para quitar lo quemado. Cuando decidieron recuperar la tradición, Xcaret compró tres troncos de árbol ya talado y construyeron tres canoas. Pesaban entre 600 y 800 kilos y solo cabían cinco o seis personas. Decidieron entonces sustituir la madera por fibra de vidrio y hacerlas más grandes, con capacidad para diez personas.

También costó diseñar lar rutas marítimas que tienen que seguir las canoas. “Trabajaron para ir trazando la mejor curva”, comenta Serrano, quien añade que aunque hay lanchas cuidando a los remeros, ellos son los responsables de marcar la ruta. “Cada canoa lleva un timonel que va haciendo la ruta”, apunta el experto en cultura maya.

Además de las dos travesías marítimas, la primera de Xcaret a Cozumel y un día después de la isla a Playa del Carmen, en tierra se celebran numerosas representaciones de lo que acompañaba a esas travesías, como mercados prehispánicos o rituales de purificación. Este año el evento se celebró en mayo y en ella participaron 268 canoeros y 488 personas en teatro, danza y música.

“A LA ISLA PEREGRINABAN LAS MUJERES, AL MENOS UNA VEZ EN LA VIDA, PARA PEDIRLE A LA DIOSA QUE LES DIERA HIJOS. CON LA INVASIÓN DE LOS ESPAÑOLES, ESTA TRADICIÓN ACABÓ POR DESAPARECER, HASTA QUE HACE CASI UNA DÉCADA DECIDIERON RESCATARLA.”

Todos los participantes son voluntarios, miembros de la comunidad. “Nos da orgullo tener un proyecto donde se incluya la comunidad y que le dé identidad, que ayude a la cohesión social del lugar y, por otro lado, fomente y difunda el turismo cultural en el Caribe mexicano”, manifiesta la directora de la travesía, Leticia Aguerrevere.

En estos seis años de travesías, se han hecho recopilaciones de testimonios de las personas que participan y, según contó, los motivos son de lo más variado, aunque después del viaje muchos aseguran que sus vidas cambiaron.

“Mucha gente lo hace como un reto personal de participar en algo totalmente distinto o para el crecimiento de la persona”; otras por el orgullo que sienten por sus raíces y otras más porque “están llegando y lo hacen para integrarse”, explica. Entre los remeros se ve desde gente local hasta extranjeros que un día se instalaron en esta turística zona.

Además, asegura Iliana Rodríguez, muchas mujeres que no podían embarazarse lo han logrado tras participar en la travesía. Por eso, este año Luci se sumó para pedirle a Ixchel que permita a una amiga quedar embarazada. Remó durante cuatro horas, dos días seguidos, en la que fue su primera travesía.

Esfuerzo y superación

“Aprendí a trabajar en equipo, a tener más fuerza, a saber cuáles son mis límites y a saber que puedo más que ellos y a decir que sí puedo hacer las cosas”, comparte la joven de 26 años, quien también cuenta que lo hizo animada por el simbolismo del 2012, año en que termina una era y comienza otra, según el calendario maya.

Para Doni Andrade, de 29 años, y tras cinco participando en la travesía, remar durante tantas horas “te enseña a trabajar en equipo, a romperte el alma por un objetivo común, a disfrutar, a apreciar todo lo que tienes”. Valen la pena los sacrificios, entrenar durante meses y levantarse a las cinco de la mañana, confiesa este joven.

Este 2012 la travesía tuvo un significado especial, el de prepararse para terminar este ciclo y empezar bien el que sigue. “Para los mayas, de cada era sale el hombre en una versión mejorada. Sí hemos entrado en un momento en el que las personas nos hemos dado cuenta mucho más de nuestra relación entre nosotros y con el planeta”, apunta Rodríguez.

El parque busca este año, con numerosas actividades, recordar que si queremos seguir en el mundo depende sólo de nosotros. Buscan despertar conciencias de que los humanos somos parte de un todo y que ese todo se ha de respetar.

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