Desde tentáculos de pulpo en movimiento hasta pez raya podrido intencionadamente o larvas hervidas de gusanos de seda, la oferta gastronómica de los mercados de Seúl es tan amplia como su extensión y tan variada como la gente que los transita.

Mientras todos los distritos de la capital de Corea del Sur cuentan, al menos, con un mercado generalmente especializado en ciertos alimentos, los de Noryangjin y Gwangjang abarcan prácticamente la totalidad de los platos más representativos y los más exóticos de la cocina local.

Atrapado en una maraña de autopistas y carreteras, a escasos cien metros al sur del imponente río Han que divide Seúl en dos, el mercado de pescado de Noryangjin distribuye, en sus 66.000 metros cuadrados, productos de mar para el consumo de los más de 10 millones de habitantes que abarrotan la ciudad.

“SÓLO LOS MÁS CURTIDOS SE ATREVEN CON EL “HONGEO”, PEZ RAYA QUE SE DEJA PUDRIR DURANTE VARIOS DÍAS PARA DESPUÉS COMERLO CRUDO EN LONCHAS, ACOMPAÑADO DE VEGETALES”.

Ajenos al sonido de los camiones cargados de pescado, los minoristas de Noryangjin regentan peceras donde el cliente elige los productos, regatea su precio, los adquiere y, por último, los consume en un restaurante en el interior del complejo, donde paga por el servicio de cocina y las bebidas.

Una de las exquisiteces más demandadas es el “sannakji”, mal llamado pulpo vivo, que consiste en trozos de pulpo pequeño servidos crudos inmediatamente después de sacrificar al animal. Condimentados con semillas y aceite de sésamo, los tentáculos del pulpo se retuercen en el plato y en la boca para aportar una curiosa sensación, no comparable a la de cualquier otro alimento.

Quienes deciden catar este plato reciben la advertencia de masticar bien el pulpo, ya que de lo contrario sus tentáculos con vida propia podrían adherirse a la garganta y causar la muerte por asfixia, una tragedia que cuenta con numerosos casos documentados en Corea del Sur.

“PESCADO CRUDO DE TODO TIPO, CENTOLLO HERVIDO, SOPA DE HUEVAS DE ABADEJO O MEJILLONES GIGANTES SON OTROS MANJARES QUE OFRECE EL MERCADO DE NORYANGJIN, Y QUE SIEMPRE HAN DE IR ACOMPAÑADOS DE “SOJU”, EL LICOR MÁS POPULAR DEL PAÍS”.

Y si el “sannakji” es de los platos más solicitados por todo tipo de visitantes, sólo los más curtidos se atreven con el “hongeo”, pez raya que se deja pudrir durante varios días para después comerlo crudo en lonchas, acompañado de vegetales.

"En tiempos antiguos -relata uno de los vendedores del mercado- los pescadores que regresaban a puerto desechaban los peces raya por su escasa carne y abundantes espinas, y los tiraban en las cercanías de los diques, donde se corrompía su carne con el paso de los días".

"Los mendigos más hambrientos -continúa- comenzaron a hallar en este animal fermentado un importante aporte nutricional y en su intenso aroma a amoníaco un inusual placer que, con los años, millones de coreanos de todas las clases sociales aprendieron a apreciar".

“EL “SANNAKJI” CONSISTE EN TROZOS DE PULPO PEQUEÑO SERVIDOS CRUDOS INMEDIATAMENTE DESPUÉS DE SACRIFICAR AL ANIMAL. CONDIMENTADOS CON SEMILLAS Y ACEITE DE SÉSAMO, LOS TENTÁCULOS DEL PULPO SE RETUERCEN EN EL PLATO Y EN LA BOCA PARA APORTAR UNA CURIOSA SENSACIÓN”.

Pescado crudo de todo tipo, centollo hervido, sopa de huevas de abadejo o mejillones gigantes son otros manjares que ofrece el mercado de Noryangjin, y que siempre han de ir acompañados de “soju”, el licor más popular del país.

Con una graduación del 20 por ciento de alcohol, sabor a vodka rebajado y un precio no superior a 2 dólares por cada botella de cuarto de litro, el “soju” se consume en cantidades ingentes en Corea del Sur, donde cada adulto vacía más de 80 botellas al año, de promedio.

Lejos de Noryangjin, al norte del río Han y en pleno centro histórico de la ciudad, llegamos al mercado de Gwangjang que, con más de 100 años de antigüedad, es la meca de los amantes de la comida callejera en Seúl.

Otros manjares

Al cruzar una tarde de sábado la puerta de entrada nos fundimos en una masa humana de familias, ancianos, jóvenes y turistas extranjeros que abarrotan hasta el último pasadizo.

A diferencia del mercado de pescado, aquí los visitantes se sientan directamente a comer en bancos instalados en incontables puestos de apenas dos o tres metros de ancho, donde las cocineras preparan un “bindaettok” tras otro en frenética actividad.

Aunque su aspecto es parecido a la tortilla de patatas y se define habitualmente como crepe, el plato estrella de Gwangjang no tiene nada que ver con ninguno de los dos, ya que su ingrediente principal es harina de soja verde.

Crujiente por fuera, cremoso por dentro, y con un sabor suave y ligeramente salado, el “bindaettok” siempre ha de ir acompañado de “makgeolli” o “dongdongju”, licores coreanos de arroz fermentado con una graduación alcohólica de entre el 6 y el 8 por ciento, famosos por deparar suaves borracheras pero intensas resacas.

El segundo plato más demandado aquí es el “sundae”, una morcilla al estilo coreano que se elabora con intestinos de cerdo rellenos de sangre coagulada y fideos de almidón. Estos últimos hacen del “sundae” un embutido algo más dulce y digerible que la tradicional morcilla española.

El popular rollo de alga marina y arroz con vegetales llamado “kimbab”, cilindros de pastel de arroz en salsa roja picante o “teokpokki” y frituras con rebozado de harina de todo tipo de vegetales y pescados son otros platos de Gwanjang a los que se podría etiquetar como “convencionales”, especialmente si los comparamos con otros alimentos algo más extravagantes que ofrece este lugar, como el “beondegi” o el “dakbal”.

“Beondegi” son larvas de gusano de seda hervidas y sazonadas con salsa de soja. Un alto contenido en proteínas y propiedades infalibles, según las cocineras del mercado, para combatir el dolor de cabeza y la diabetes compensan su evidente aspecto de insectos y el característico mal olor que desprenden.

El “dakbal”, expuesto en varios puntos del mercado, es otro de los manjares que despiertan más curiosidad entre los foráneos. Son patas de pollo en salsa roja picante de ají cocinadas la plancha o en barbacoa intensamente para ablandar su textura, que al paladar resulta tierna y cartilaginosa a la vez.

La gastronomía callejera coreana, heredera de tiempos de escasez en los que toda materia orgánica era comida en potencia, permanece hoy más viva que nunca en Seúl, donde los jóvenes siguen acudiendo a los mercados para disfrutar, a un precio razonable, de las recetas más corrientes y las opciones más exóticas.

Criaturas fantásticas o soldados de tiempos pretéritos dispuestos para el combate. Dos ejércitos, un reglamento, unos dados y cierta visión estratégica son los componentes básicos del juego. La guerra está sobre la mesa.

Un puñado de soldados alemanes resiste en el interior de un cuartel abandonado, a la espera de refuerzos. Las tropas norteamericanas rodean el edificio y el tiroteo no se hace esperar.

Los americanos sufren la primera baja entre sus filas pero, en este caso, no hay que lamentar la pérdida. El difunto apenas mide tres centímetros y volverá a estar disponible para la próxima partida.

En esta ocasión, los jugadores han elegido enfrentarse en una batalla de la Segunda Guerra Mundial. No obstante, los aficionados a los juegos de guerra con miniaturas pueden escoger distintos ejércitos de una gran variedad de épocas históricas.

“Egipcios, romanos, cartagineses, macedonios o napoleónicos son sólo algunas de las opciones”, señala Rafael Gómez, responsable de la tienda Atlántica Juegos de Madrid, un establecimiento especializado en juegos de estrategia.

La antigüedad, la Edad Media, el Renacimiento, el periodo napoleónico, los años del colonialismo inglés, las dos guerras mundiales y la guerra moderna son, a grandes rasgos, los principales escenarios en los que se desarrollan la mayoría de las contiendas entre ejércitos de miniaturas, explica Rafael.

Para enfrentarse en una batalla, los contrincantes deben elegir bandos opuestos dentro de una misma época. Existe un reglamento para cada uno de estos periodos que sienta las bases del enfrentamiento.

Dicho reglamento y la suerte que el jugador tenga con los dados, determinan si puede abrir fuego y abatir a su oponente o si su rival logrará rechazar el ataque y salvar la vida de sus hombres.

En algunas modalidades, el libro de reglas y los dados establecen la distancia que puede avanzar cada soldado y los jugadores los desplazan ayudados por una cinta métrica.

Sin embargo, estas distancias varían dependiendo del tamaño de las miniaturas. Las medidas más comunes son 15 mm. y 28 mm., afirma Rafael.

Algunos reglamentos disponen que cuando las figuras sean de 28 mm. la distancia que deben avanzar se mida en pulgadas, mientras que cuando se trate de miniaturas de 15 mm., se haga en centímetros, añade.

No obstante, antes de entablar combate los jugadores han pintado cada uno de los soldados que componen su ejército. Se trata de un proceso minucioso en el que intentan plasmar con la máxima fidelidad posible los uniformes y las armas de una época concreta.

“Con un poco de atención, cualquiera puede aprender a pintar miniaturas”, indica Rafael.

“Las miniaturas más pequeñas resultan más fáciles de pintar porque tienen menos detalles”, asegura.

“Quienes juegan con figuras de fantasía heroica suelen ser más jóvenes que aquellos que optan por los ejércitos históricos”.

Incluso hay quienes pintan sus ejércitos con el coleccionismo como único propósito, dejando a un lado el juego propiamente dicho.

Modos de juego

Quienes sí juegan tienen dos maneras de hacerlo. Pueden recrear la situación inicial de una batalla histórica concreta, donde es posible que un ejército sea más numeroso que otro. Aunque el resultado final dependerá de la suerte y de la visión estratégica de los contendientes.

Sin embargo, cuando se trata de que la partida esté equilibrada, los jugadores establecen un número de puntos y construyen su ejército en función de ello.

Cada figura tiene un valor en puntos y la suma de todo el ejército no debe superar la cifra acordada. Esta es la modalidad que se emplea en los torneos.

De este modo, es posible que, por ejemplo, griegos y persas se enfrenten en igualdad de condiciones.

“Algunos aficionados pintan sus ejércitos con el coleccionismo como único propósito, dejando a un lado el propio juego”.

Aunque no siempre quienes entablan combate son seres de este mundo. Orcos, zombis, enanos y vampiros son sólo algunas de las criaturas fantásticas con las que se puede disputar una batalla.

En el ámbito de la fantasía heroica, los ejércitos más comunes son los de la serie Warhammer. Se trata de criaturas fantásticas “con cierta estética medieval”, comenta Aarón, empleado de una de las tiendas Games Workshop de Madrid.

También existe la saga Warhammer 40.000, compuesta por ejércitos “con un aire futurista”, explica.

Quienes se embarcan en el mundo de las miniaturas de fantasía suelen ser más jóvenes que aquellos que optan por los ejércitos históricos.

“No falta quien se aficionó al Warhammer en la adolescencia y de adulto mantiene el hobby”, señala Lolo, el encargado del establecimiento.

Lolo afirma que este es un entretenimiento con muchas características educativas. “Al pintar las miniaturas, los chicos aprenden arte. Además, utilizan las matemáticas para aplicar las reglas del juego y se socializan, pues es imprescindible tener un compañero con el que jugar”, apunta.

La lectura es otro de los componentes básicos de esta afición. Más allá de los reglamentos y del libro que define las características de cada ejército, hay una gran cantidad de novelas que dan vida a las criaturas del juego y recrean sus escenarios.

Cómics, videojuegos y revistas especializadas completan el universo fantástico que gira alrededor del juego.