Han pasado siglos desde que el mundo entero conoció Potosí como sinónimo de plata y riquezas. Aunque ya no es el opulento centro minero de antaño, sigue escondiendo muchas de las joyas naturales más preciadas del continente americano y un potencial turístico incalculable.

Aunque Potosí es una de las regiones más pobres de Bolivia y Sudamérica, tiene algunos de los parajes más sorprendentes del hemisferio occidental, con paisajes que a veces parecen lunares y llevan siglos atrayendo a viajeros de todos los continentes con ansias de aventura.

Con casi 120.000 kilómetros cuadrados, que superan en extensión a países europeos como Bulgaria, Potosí apenas alberga a 700.000 habitantes, haciendo de sus valles lugares inhóspitos en los que parece haberse detenido el tiempo para congelar un territorio habitado por etnias aimaras y quechuas que alguna vez fueron súbditos del Tahuantinsuyu (Imperio Inca).

Ubicado en la vertiente occidental de la cordillera andina, el departamento de Potosí tiene una altitud media de 4.000 metros sobre el nivel del mar, alcanzando cotas de hasta 6.000 metros de altura, como el monte Uturuncu, lo que la convierte en una de las regiones más frías de Bolivia.

Potosí está recuperando la atención sobre la majestuosidad de sus paisajes y crece como reclamo de viajes de aventura y deportes extremos.

Prueba de ello es el testimonio de un belga que partió de Alaska para recorrer el continente americano en bicicleta y que ascendía en solitario la montaña más alta de cada país por el que pasaba.

A la pregunta de su opinión de Potosí, donde estaba en ese momento,  respondió: “Es duro, probablemente lo más duro del viaje”.

Es una región desértica en la que varios picos redondeados anuncian la presencia de una actividad volcánica confirmada por las columnas de vapor que los géisers expulsan a la superficie en algunos de los valles más remotos.

El desierto de sal más grande del mundo

En Uyuni, pequeño pueblo de unos 20.000 habitantes, famoso por estar a las puertas del desierto de sal que lleva su nombre, el mayor del mundo, comienzan las llamadas rutas altiplánicas, que conducen al viajero por el occidente de Potosí hasta alcanzar la frontera con Chile, en el extremo sur del departamento.

El Salar de Uyuni deslumbra por su blancura, que se divisa desde el espacio. Es un espejo situado a 3.650 metros sobre el nivel del mar, con una extensión cercana a los 12.000 kilómetros cuadrados.

El paraje se creó hace milenios por la desaparición de mares prehistóricos que inundaban lo que hoy es el altiplano andino, según algunos por razones climáticas y según otros por cataclismos geológicos.

Uyuni no es solo famoso por su paisaje casi sobrenatural. Es además una de las mayores reservas de litio del mundo, sin explotar hasta ahora.

Los labios se secan tan rápido como el cuerpo, que se cubre de sal, mientras la inmensidad del desierto y el sol de altura, reflejado por la blancura salina, ciegan al visitante y producen la sensación de estar más cerca del sol que nunca.

Desiertos ocres y lagunas coloradas

Rumbo al sur, en los confines del salar, resurgen las montañas. El terreno árido recobra los tonos ocres del altiplano, y las poblaciones desaparecen del mapa para dar lugar a una de las regiones más deshabitadas del continente.

La flora luce por su ausencia, limitándose a pequeños matorrales que salpican algunas de las miles de laderas que inundan el paisaje, mientras que los animales de la zona se esconden en los recovecos formados entre meseta y montaña.

Llamas, vicuñas, avestruces, flamencos, vizcachas y un largo etcétera, habitan la región,  y a pesar de que la caza de algunas especies llegó a amenazar seriamente su existencia, parece que los programas de conservación están dando sus frutos.

Una interminable línea de montañas coronadas por tímidos neveros indica el camino hacia la región de las lagunas de colores, espejos de agua que inundan las zonas más profundas de los valles, alimentadas, fundamentalmente, por el deshielo de los glaciares de las cotas más altas de esta sección de la cordillera andina.

Entre ellas destaca la Laguna Colorada, una de las más grandes de Potosí y cuyas aguas, teñidas por todos los tonos de rojo que permite la paleta, dibujan surcos infinitos solo alterados por el paso de flamencos que sorprende ver a 4.000 metros sobre el nivel del mar.

Esta zona está protegida bajo el paraguas de la Reserva Nacional Eduardo Avaroa y, debido a las restricciones, los únicos lugares donde puede hospedarse el visitante son pequeños refugios dispersos en la región.

Casas de adobe y piedra donde descansar, comer y calentarse, ya que las temperaturas en esta zona pueden llegar a alcanzar los 20 grados bajo cero en las noches más frías del invierno.

Aguas termales y desiertos dalinianos

Más allá de la Laguna Colorada hay aguas termales, calentadas por la actividad volcánica, donde los visitantes suelen hacer una parada para hundirse en un jacuzzi natural mientras fuera la temperatura se mantiene bajo cero.

Es aquí donde los montes pintados con brochas de siete colores observan el llamado desierto de Dalí, del que más de un visitante cuenta que si el pintor catalán recibiese hoy en día el encargo de dibujar un desierto, no podría crear una imagen diferente a la de este lugar.

El viajero que llega hasta aquí se encuentra cerca de los confines de Potosí, donde está la Laguna Verde, remanso de agua que luce los pigmentos de sus algas y permanece inquieta a la sombra del volcán Licancaur, el gigante que anuncia a quien le ve que si sigue camino abandonará Bolivia, entrará en Chile y se encontrará frente a frente con el próximo desafío, el desierto de Atacama.

Aventura extra por conflictos sociales

Llegar o salir de Potosí puede convertirse en la parte más intensa de la aventura, ya que en Bolivia es muy frecuente que los habituales conflictos sociales y políticos desemboquen en bloqueos de carreteras, a los que hay que sumar la falta de infraestructuras, comunicaciones y alojamientos.

Internet comienza a aparecer tímida y únicamente en las poblaciones más importantes y la cobertura telefónica desaparece fácilmente en las montañas.

Más de un autobús, en su intento de entrar o salir de Uyuni, ha quedado atrapado en algún lugar del desierto al tratar de esquivar a los bloqueadores de caminos apostados en los límites de Potosí del vecino y rival departamento de Oruro.

El visitante también puede toparse con nevadas que en invierno dejan los valles incomunicados durante días, pero todas las dificultades forman parte de la atractiva incertidumbre que siempre acompañará al viajero en este país sin mar llamado Bolivia.

No ofrecen lujo ni aventura pero sí reflexión, contemplación y vida austera. Cada vez más monasterios ofrecen la posibilidad de hospedarse en sus recintos y participar de su rutina. A veces, para desconectar, relajarse o reflexionar no hace falta gastar dinero ni poner tierra de por medio. Ahora no es necesario ordenarse monje para disfrutar de los encantos de la vida retirada. Cada vez más monasterios abren sus puertas a quienes quieran conocer la vida contemplativa. Mantener el silencio y respetar los horarios de las comidas son las obligaciones de quienes quieran huir del mundanal ruido. Cerca de una gran urbe como Madrid, se levanta el monasterio del Paular, en un entorno de gran belleza como es el parque natural de Peñalara. Desde 1954 reside en él una comunidad de monjes benedictinos que, a lo largo de su historia, han tenido una licorería, una quesería, una piscifactoría de truchas y una huerta. Hace poco que han recuperado la venta de un licor benedictino elaborado según su propia receta. Una de las principales actividades que realizan es la conservación y mantenimiento del monasterio, enseñando la riqueza que encierra este imponente edificio, como las pinturas de Vicente Carducho, pertenecientes al museo del Prado. “La leyenda dice que el monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles, en Azul (Buenos Aires), acogió al piloto del avión que arrojó la bomba atómica sobre Hiroshima”. El monasterio del Paular, en Madrid, ha abierto un ala independiente de la clausura para dar acogida a personas individuales y grupos que deseen compartir con ellos unos días de recogimiento y oración. Los huéspedes deberán respetar los horarios que sigue la comunidad religiosa y, sobre todo, no alterar el silencio del recinto sagrado. Por este motivo, el monasterio, que admite a hombres y a mujeres, excluye a los niños menores de 14 años. Las tres horas monásticas más importantes del día (laudes, sexta y vísperas) son de observancia obligatoria por parte de los huéspedes, aunque están invitados a asistir a todos los rezos de la jornada. Las estancias son de tres a diez días y la tarifa completa es de 56 dólares (40 euros) por día. Huéspedes de leyenda La Órden Cisterciense de la Estrecha Observancia, cuyos miembros son conocidos como "trapenses", es una orden religiosa contemplativa de la Iglesia Católica que sigue la regla de San Benito, que en uno de sus capítulos dice: "Recíbanse a todos los huéspedes que llegan como a Cristo, pues Él mismo ha de decir: "Huésped fui y me recibieron". Sus monasterios repartidos por todo el mundo suelen contar con hospederías, como la del monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles en Azul (Buenos Aires). Aquí también la puntualidad en las comidas y el silencio son máximas a seguir y se aconseja asistir a las oraciones comunitarias en la iglesia. Las estancias son de 4 o 5 días, comienzan todos los viernes y terminan el lunes o martes de la semana siguiente. La hospedería aloja a varones y matrimonios y, una vez al mes, a mujeres. El precio por día es de unos 70 dólares (50 euros). Desde su fundación, en 1958, corrió el rumor de que el general Paul Tibbets, piloto del avión que arrojó sobre Hiroshima la primera bomba atómica, escogió este monasterio para retirarse. Los monjes de Azul niegan esta "leyenda" y apuntan en su web a otras posibles versiones. Entre ellas, la de que uno de los tripulantes se hiciera monje de un monasterio trapense de Estados Unidos, y se quedara en él "hasta su muerte hace pocos años". La otra versión es que uno de los miembros de esa misión se retiró temporalmente por consejo de un sacerdote. En cualquier caso, la "leyenda" continúa y muchos se han acercado al monasterio atraídos por ella. “Ora et labora” Los monasterios "trapenses" ofrecen pocas camas, sus tarifas son bajas -muchas veces, la voluntad- y sobreviven gracias a la producción de alimentos y herramientas de trabajo, actividades a las que los huéspedes pueden unirse. En el corazón de Inglaterra, en Charnwood Forest (Leicestershire), se levanta la abadía Mount Saint Bernard. Sus monjes cultivan sus propias hortalizas, producen miel, cerámicas, cuidan de un centenar de vacas y se ocupan de la tienda donde comercializan sus productos. Las estancias van de uno a cinco días y, aunque no tienen tarifa fija, los monjes agradecen los donativos o la colaboración en las tareas de la abadía. En la Bretaña francesa, la abadía Mont-des-Cats acoge también a familias que desean profundizar en su vida de oración. Esta bella abadía posee la placa de impresión de una antigua etiqueta de queso de 1895, "San Bernardo", que todavía fabrican, y acaban de presentar la cerveza "Mont des Cats". Los huéspedes pueden participar en estas actividades. En clave “OM” Las órdenes monásticas budistas también se abren a los interesados en conocer una vida marcada por las enseñanzas que Buda impartió hace 2.500 años. En un pequeño bosque del nordeste de Tailandia está el monasterio budista internacional Wat Pah Nanachat, donde residen monjes de todas las nacionalidades y el inglés es el idioma común. Los huéspedes, hombres y mujeres, se incorporan a las rutinas del monasterio para así alcanzar la "iluminación". Durante la estancia en Wat Pat Nanachat se han de cumplir cinco preceptos: inocuidad (no causar la muerte intencionada de ningún ser vivo), sinceridad, castidad, silencio y sobriedad. Pero para disfrutar de un retiro budista no hay que irse tan lejos. Los centros Dhamma, con sedes en países de los cinco continentes, reproducen la vida de los monasterios budistas y exigen guardar silencio, madrugar y meditar hasta ocho horas al día.

Perú ofrece un recorrido por una cultura milenaria que se complementa con deporte de aventura. Trujillo y sus alrededores constituyen uno exponentes diferenciales de este tipo de turismo. Descubrimos sus tesoros artísticos y naturales.

“La casa Calonge,  sede del Banco Central de Reserva del Perú, es de estilo Neoclásico y en su interior guarda el escritorio de Simón Bolívar”.

Pasado y presente conviven en Perú haciéndose un espacioso hueco. Trujillo, brilla en la costa del Pacífico, pegado a la costa desértica interior. Un enclave en el que los extremos se tocan y que mantiene en todo su esplendor.

El Trujillo peruano encuentra su eco en la ciudad de Trujillo del otro lado del Atlántico, en Cáceres (España), pues a ella le debe su nombre. En 1700, Trujillo (Perú) formó parte de la diócesis de Baltasar Jaime Martínez Compañón, cuya obra abarcó una extensión de terreno de 150 kilómetros cuadrados en la que se incluyen costas, sierras y selvas amazónicas hasta entonces desconocidas.

La recopilación de cerámicas y piezas de arqueología supuso el reconocimiento de nuevas culturas. Con la intención de conocerlas, la expedición de la Ruta Quetzal BBVA 2011, compuesta por 222 jóvenes de 53 países, realiza el recorrido que en su día hizo Martínez de Compañón, y también conmemora el Quinto Centenario del nacimiento de Francisco de Orellana, el descubridor del Amazonas.

El objetivo de esta expedición es conseguir alcanzar un mundo mejor gracias a la “educación y contribuir a que la ruta sea un programa inclusivo, que permita eliminar barreras y luchar contra la exclusión social”, según Francisco González, presidente de BBVA.

Reinos legendarios

En la peruana Trujillo, el misterio de civilizaciones pasadas queda al descubierto mientras contemplamos construcciones milenarias que nos devuelven el reflejo de reinos legendarios como el de Los Moche. Una cultura que alcanzó un gran desarrollo tal y como se refleja en su arquitectura, pintura mural, objetos de cerámica, metal o madera. Sin olvidar las sofisticadas técnicas de metalurgia que desarrollaron y la maestría en el tratamiento textil.

Sus rituales cumplían funciones religiosas, políticas, administrativas y económicas y se mantenían vinculados a un calendario ceremonial.

La ciudad está emplazado en un punto estratégico con respecto a los once valles oasis en los que se desarrolló esta cultura, entre el siglo I y el 750 d. C. y a lo largo de ellos levantaros ciudades coronadas “por inmensas pirámides rituales”, cuenta el expedicionario Miguel de la Quadra Salcedo, director de la Ruta Quetzal BBVA.

“Si lo que quiere es descansar de tanta Historia, nada como acercarse a las playas. Si le gustan los deportes, Chicama le permite practicar el surf sobre la ola izquierda más larga del mundo”.

En la zona no puede perderse la visita a las huacas del Sol, de 350 metros de largo y 35 de algura, y de la Luna; las tumbas reales del Señor de Sipán y el complejo arqueológico El Brujo.

Para sorpresa de muchos, en su entorno funerario se descubrió que una mujer gobernó en la cultura Moche, La Señora de Cao. Todo un avance. Restos con más de 1.700 años de antigüedades una tumba en la que no faltaban las grandes ofrendas y tatuajes de arañas y serpientes en sus brazos, tobillos y pies.

Chan-chan

El antiguo señorío Chimú (XII - XV d.C.) fundó su capital junto al río Moche en el departamento de La Libertad y la llamó Jang-Jang, que en la antigua lengua mochica signfica "sol-sol".

Chan Chan, con aproximadamente 20 kilómetros cuadrados de extensión, es la ciudad de barro más grande de América prehispánica. Para su construcción los chimú utilizaron adobe, cantos rodados, barro, madera, totora, paja y caña, materiales que la integran a las arenas de la costa como una extensión natural.

La ciudad está compuesta por ciudadelas que tienen una única entrada que da acceso a un corredor que se abre a otros caminos con paredes y edificios. La plataforma sepulcral del soberano, construida en forma de T, fue el edificio más importante. La ciudadela estaba circundada por barrios periféricos, donde vivían los productores y los servidores del reino.

Las calles de Trujillo descubren también bellezas más actuales. La casa Calonge es la sede del Banco Central de Reserva del Perú, de estilo Neoclásico. En su interior guarda el escritorio de Simón Bolívar y una colección de ceramicas, donada por el libertador al Señor Juan Antonio Ochaita y Urquiaga.

Playas y surf

Si lo que quiere es descansar de tanta Historia, nada como acercarse a las playas. Si le gustan los deportes, Chicama le permite practicar el surf sobre la ola izquierda más larga del mundo.

En Huanchaco, además del surf, puede ver como los pescadores locales también cabalgan sobre las olas en sus totoras, mientras que en Pimental, además de las olas puede descubrir el encanto de sus coloridas casas coloniales.

Bucear por territorios tan cristalinos también es una de las opciones de las que le permite disfrutar esta costa que brinda la oportunidad de degustar lo mejor de su gastronomía en pescados y mariscos.