Hasta el 29 de septiembre, Somerset House organiza una exposición retrospectiva dedicada a un icono mundial de la gastronomía, nada menos que Ferrán Adrià y el restaurante que se construyó para ser el mejor del mundo. Pequeña1 El arte de la cocina es un valor intangible e incuestionable. Es por eso que Somerset House dedica a El Bulli y a su creador Ferran Adrià; la primera retrospectiva en el mundo que rinde homenaje a un chef y su restaurante. En asociación con Estrella Damm, Somerset House presenta el arte de la gastronomía y de la cocina como si pudiéramos echar un vistazo detrás de las escenas del legendario laboratorio y la cocina del restaurante de renombre internacional, que hizo las delicias comensales en Cala Montjoi, una pequeña y pintoresca bahía de la costa catalana. Pequeña2 Trazando la evolución de elBulli, la exposición presenta un análisis en profundidad. Pantalla multimedia de cada uno de los ingredientes esenciales que componen el cerebro creativo culinario de Ferran Adrià y su equipo: la investigación (notas escritas a mano y bocetos dibujados), preparación (modelos de plastilina que se hicieron para todos los platos que se sirven como un medio para el control de calidad en cuanto al color, tamaño de la proporción y posición de la placa así como los utensilios especialmente diseñador para usa). Su presentación no pasa desapercibida; se expone en modo de originales menús degustación que podremos ver el resto de los mortales en un catálogo publicado por Phaidon el próximo año. Todo esto combinado con imágenes de archivo de los chefs y los clientes lo convierte en una fórmula mágica culinaria. elBulli: Ferran Adria And The Art Of Food At Somerset House - Opening “Estoy encantado con esta exposición en Londres, en el prestigioso Somerset House; otro centro creativo que, como elBulli, siempre te invita a probar algo nuevo y tal vez un poco impredecible”. Pequeña4  

A más de tres mil metros sobre el nivel del mar se encuentra la estación de tren más alta de Europa. Se llama Jungfraujoch y está debajo del pico Jungfrau, una cota mítica para montañeros y esquiadores amantes de los Alpes suizos, que temen que el llamado "techo de Europa" se convierta ahora en una especie de Disneylandia de las nieves.

Poder llegar a este lugar inigualable es obra de un industrial suizo, Adolf Guyer-Zeller, que en 1893 tuvo la idea de llevar el tren hasta esta cota mientras caminaba un domingo de agosto por la montaña acompañado de su hija, según cuenta la leyenda.

Seis meses después, Guyer-Zeller presentaba un borrador de su idea ante el Consejo Federal (Gobierno) de Suiza, con la idea de excavar en la montaña un túnel que permitiera llevar un tren cremallera hasta este punto en el plazo de cuatro años.

El proyecto fue aprobado y puesto en marcha en un momento de euforia industrializadora en toda Europa (este tren es contemporáneo de la torre Eiffel) y de fascinación colectiva de los suizos por la red ferroviaria, un espíritu que sigue presente hoy en día en el país más montañoso de Europa.

El resultado, inaugurado en agosto de 1912, fue el segundo tren cremallera más alto del mundo (por detrás del Pike's Pike estadounidense, que sube hasta los 4.302 metros de altura) y el que más distancia recorre por el interior de un túnel (7.300 metros).

Urs Kessler, consejero delegado de Jungfrau Railway, afirma que hoy en día, justo 100 años después de su entrada en funcionamiento, sería impensable un proyecto de estas características.

A bordo de uno de los trenes que tardan algo más de dos horas en unir la localidad de Interlaken con Jungfraujoch, Kessler explica con pasión que esta vía ferroviaria "es una obra maestra incomparable, porque se adelantó a su tiempo y porque actualmente sería inconcebible".

"No solo por el dinero. Nadie se metería hoy en una aventura financieramente tan costosa. Física y técnicamente, podríamos llegar hasta la cima del Jungfrau (4.158 metros), pero sería imposible lograr los permisos legales, dada la influencia actual de los movimientos ecologistas", dice Kessler.

Patrimonio Natural de la Unesco

Además, la zona fue declarada patrimonio natural de la UNESCO en 2001, por lo que está prohibido construir más.

El túnel por el que sube este tren, en el que resulta difícil mantener de pie el equilibrio en los momentos de mayor pendiente, sigue el siendo el mismo que cavaron con picos, palas y dinamita, un grupo de obreros italianos, mano de obra barata que trabajó en condiciones extremadamente penosas y que dejó su sangre en el lugar.

Treinta de ellos murieron durante los 16 años que finalmente se tardó en abrir esta vía, que hoy da trabajo a 630 personas y genera unos ingresos anuales de unos 150 millones de euros.

El lugar se ha convertido en uno de los lugares de parada obligatoria para cientos de miles de asiáticos que anualmente visitan Suiza, por lo general en el marco de viajes organizados por todo el continente.

Kessler reconoce sin complejos que se trata de una operación deliberada de marketing para atraer un mercado pujante que contrarreste el pesimismo económico que hay en Europa.

"La estrategia de ventas en Asia -explica- ha sido extraordinariamente exitosa. Nuestro objetivo es que la marca Jungfrau siga siendo interesante, un nombre reconocible como Gucci o Patek Philippe. Queremos que cale el mensaje de que no merece venir a Europa si no se visitan París y este techo de Europa".

“EL OBJETIVO DE LA COMPAÑÍA FERROVIARIA ES QUE 700.000 PERSONAS VISITEN ANUALMENTE EL LUGAR ATRAÍDAS, NO SOLO POR SU BELLEZA NATURAL, SINO POR LA POSIBILIDAD DE COMER CON UNO DE LOS GLACIARES MÁS IMPRESIONANTES DE EUROPA COMO TELÓN DE FONDO, O COMPRAR UN RELOJ DE LUJO EN LA RELOJERÍA MÁS ALTA DEL MUNDO”.

Kessler concede esta entrevista en el marco de un viaje organizado para periodistas del todo el mundo, un grupo de medio centenar de profesionales, de los cuales el 90 por ciento provienen de Asia: chinos, japoneses, tailandeses, indonesios e indios, a los que Jungfrau Railway ha traído hasta la otra esquina del mundo en un viaje de cuatro días con todos los gastos pagados.

Jungfrau Railway quiere seguir vendiendo imagen, aunque su consejero delegado asegura que "no queremos ser un Disneylandia de las montañas, sino aprovechar las posibilidades del mercado para crear y traer riqueza a esta zona de Suiza".

La vía que sube hasta Jungfraujoch funciona todo el año y en la temporada alta, entre mayo y septiembre, puede subir hasta la estación a 5.000 personas diarias.

El objetivo de la compañía ferroviaria es que 700.000 personas visiten anualmente el lugar, atraídas no solo por su belleza natural, sino por la posibilidad de comer con uno de los glaciares más impresionantes de Europa como telón de fondo o comprar un reloj de lujo en la relojería más alta del mundo.

Turismo entre montañeros y esquiadores

Resulta chocante ver en el lugar a mujeres que salen a pisar la nieve con zapatos de tacón o a turistas que llevan consigo botellas de oxígeno para combatir el mal de altura. La ascensión es rápida y la falta de aclimatación hace que muchas personas sientan malestar cuando llegan al Jungfraujoch, algo que tratan de combatir los empleados de la compañía ferroviaria con agua, café y croissants.

“A BORDO DE UNO DE LOS TRENES QUE TARDAN ALGO MÁS DE DOS HORAS EN UNIR LA LOCALIDAD DE INTERLAKEN CON JUNGFRAUJOCH, URS KESSLER, CONSEJERO DELEGADO DE JUNGFRAU RAILWAY, EXPLICA CON PASIÓN QUE ESTA VÍA FERROVIARIA "ES UNA OBRA MAESTRA INCOMPARABLE, PORQUE SE ADELANTÓ A SU TIEMPO Y PORQUE ACTUALMENTE SERÍA INCONCEBIBLE".

Los turistas se mezclan con los montañeros y esquiadores, que tienen en esta estación ferroviaria un lugar casi mítico.

Los primeros, porque están sólo a 700 metros de coronar una de las montañas más legendarias de los Alpes y los segundos porque tienen la opción de bajar esquiando el glaciar Aletschgletscher, el más grande de Europa, en una pendiente continua de 23 kilómetros en medio de un paisaje sobrecogedoramente bello.

Los que están más en forma hacen el trayecto completo. Cuatro o cinco horas de pistas casi vírgenes, incluso bien entrada la primavera.

Víctor Riverola, montañero, escritor y periodista español, autor de numerosos libros y reportajes de montaña, afirma que "aunque parezca extraño, la llegada del cremallera al Jungfraujoch se ha visto siempre como algo positivo desde el punto de vista del esquí y la escalada, porque ha acercado las grandes cumbres (Eiger, Monch, Jungfrau o Finsteraarhorn) a miles y miles de alpinistas, que se han ahorrado la brutal caminata de subida a través del glaciar".

"Lo único que no gusta y que empieza a cansar es la masificación", dice Riverola, que teme que por un mayor beneficio económico "se decida cambiar los horarios, y en vez de un tren cada hora, dejen subir un tren cada media hora, colapsando la montaña". Riverola destaca que este tren "ha salvado muchas vidas". "Gracias a las ventanas de la cara norte del Eiger (estación de Eigerwand) y a las de la antigua estación del Rotstock, ahora fuera de servicio, se han podido realizar muchos rescates". "Si a esto le sumamos que en el Jungraujoch hay un centro de investigaciones científicas de primer nivel, el resultado es que el cremallera tiene su utilidad, por muy excesivo que pueda parecer ver a miles de japoneses, indios y chinos a 3.500 metros, vestidos de calle y con una bufanda de marca", señala.

Riverola deja una recomendación para quien quiera disfrutar de la parte menos comercial de la experiencia: "tomar el primer tren de la mañana, que sale aproximadamente a las 06.30, el que suelen tomar los escaladores y esquiadores de montaña. Ofrece un descuento muy interesante, evitas colas y aglomeraciones, y puedes ver amanecer en la ascensión. Es maravilloso".

Nos guste o no el vino, el enoturismo se ha consolidado como una modalidad de ocio que conjuga alta gastronomía, paisajes idílicos y arquitectura vanguardista. Los mejores caldos envejecen en auténticas catedrales diseñadas por Frank Gehry, Santiago Calatrava o Norman Foster.

La cultura del vino, con siglos a sus espaldas, no deja de reinventarse. El enoturismo es un concepto de viaje, cada vez con más adeptos, que conjuga vino, con alta gastronomía y pasajes idílicos, ecuación en la que no pueden faltar las grandes bodegas, que han apostado por la modernidad y el respeto al entorno poniéndose en manos de los mejores arquitectos.

Santiago Calatrava, Frank Gehry, Norman Foster, Herzog & Meuron o Zaha Hadid son algunos de los arquitectos que han puesto su arte al servicio del vino con resultados tan rompedores como bellos, pero sin restar solera ni tradición.

Entre los viñedos de la Rioja, tradicional tierra de vinos en el norte de España, despuntan los grandes nombres de la arquitectura internacional, una ruta enológica que se convierte en un paseo para los sentidos.

De la mano de Frank O. Gehry se llega a la "Ciudad del Vino", de las bodegas Marqués de Riscal, donde hotel, restaurante y spa de vinoterapia se reparten bajo las caprichosas formas del tejado que son la marca del creador del Museo Guggenheim de Bilbao.

Con su espectacular edificio, Marqués de Riscal ha logrado reforzar e internacionalizar su imagen, y transmitir los valores de "tradición y vanguardia" que caracterizan a la bodega, explican desde el grupo.

Recubierto de titanio, el edificio se viste de rosa, como el vino tinto; oro, como la malla de las botellas de Riscal, y plata, como la cápsula de la botella, gracias a la creatividad de Gehry, quien sabe transmitir "innovación y vanguardia", lo que, unido a una tradición de 150 años de historia, "hace que sea un tándem muy afín" a los valores de la marca.

“Los resultados tan rompedores como bellos, pero sin restar solera ni tradición y a todas las bodegas les une su respeto por los entornos naturales en los que se ubican”.

Con el paisaje de la sierra de Cantabria (norte de España) como telón de fondo, el perfil sinuoso de las Bodegas Ysios, surgidas de la mano de Santiago Calatrava, refleja "la sublimación de una hilera de barricas" gracias a una composición vanguardista y "perfectamente acoplada con el paisaje", explica su página web.

El arquitecto creó un espacio "singular y vanguardista" concebido como "lugar de culto y elaboración de vinos de máxima calidad". Una bodega cuya elemento clave es la cubierta, revestida de aluminio natural, que contrasta con la calidez de la fachada, formada por láminas de madera cuperizada, es decir tratada con un protector orgánico.

El corazón de la ribera del Duero, que da nombre a la otra gran denominación de origen de los vinos españoles, sirve de marco al proyecto de Norman Foster para Bodegas Portia, un diseño en forma de estrella en hormigón, madera, acero y vidrio que surge de la tierra como "el cobijo, el hábitat y la antesala de los vinos que en ella se elaboran", relata su página web.

Las Bodegas López de Heredia Viña Tondonia, en La Rioja Alta, han incorporado a sus edificios tradicionales una boutique firmada por la arquitecta iraquí afincada en Londres Zaha Hadid, que alberga una pequeña joya, el stand modernista con que la firma participó en la Exposición Internacional de Bruselas en 1910.

Hadid, según la bodega, puso de manifiesto su sensibilidad "a la hora de integrar tradición y modernidad, vino y estética, naturaleza y arquitectura" y concibió una estructura que sirviera de cubierta para el stand modernista de 1910 y pudiera servir como base para una estructura fija que se colocaría definitivamente en las bodegas.

“Santiago Calatrava, Frank Gehry, Norman Foster, Herzog & Meuron o Zaha Hadid son algunos de los arquitectos que han puesto su arte al servicio del vino”.

Pero este viaje por la arquitectura del vino también lleva hasta América, para recalar en localidad argentina de La Consulta, a los pies de la cordillera de los Andes, donde la familia Ortega Gil-Fournier ha creado una bodega boutique para la que ha buscado "un diseño emblemático que representara la vitivinicultura del Nuevo Mundo" y ya se dispone a crear una nueva en Chile.

Una bodega, obra del estudio Bórmida y Yanzón de Mendoza, en la que se apostó "por un diseño rompedor que no deje al visitante inerte", que provoque una reacción "ya sea positiva o negativa" pues, según fuentes de la empresa, siempre tuvieron clara "la importancia de la arquitectura como legado para generaciones futuras de sus edificaciones".

Arquitectura y entorno

Además de los trabajos de grandes arquitectos todas estas bodegas tienen en común que ofrecen visitas y otros atractivos para el turista como hotel o restaurante, pero sobre todo les une su respeto por los entornos naturales en los que se ubican.

Así, en el caso del grupo Fournier, erigir una bodega a sólo 12 kilómetros de los Andes "hacía fundamental un pensamiento de mimetización con la inmensidad de la belleza de Cordillera", por lo que se decidió "utilizar paredes de cemento y un tejado de color oscuro para minimizar la contaminación arquitectónica del entorno".

La creación de Norman Foster para Portia con su forma de estrella ha establecido "un diálogo entre el mundo interior del edificio y el paisaje exterior", señala la bodega en su web. Mientras, Gehry analizó "durante mucho tiempo" cómo sería su edificio para Marqués de Riscal, "cómo contrastaría con el entorno" para lograr "un impacto visual muy interesante", según la firma.

También la obra de Calatrava para Ysios está "perfectamente integrada en el entorno" y su construcción es hoy en día "un símbolo paisajístico en el entorno".

Este viaje enoturístico podría pasar por otros muchos lugares como la bodega Dominus en el estadounidense valle de Napa, creada por los suizos Herzog & de Meuron o la "Aldea del vino" de la española CVNE, que hace años recuperó para el público la nave sin columnas construida por el ingeniero Gustave Eiffel a finales del lejano siglo XIX.

La región del Ulster, situada en el cuadrante nororiental de la isla de Irlanda, tiene mucho que ofrecer. Es viaje para un turismo que busca aventuras más allá de las emociones que emanan de un conflicto entre católicos y protestantes que se resiste a desaparecer totalmente.

Desde el comienzo del proceso de paz en 1998, que ha traído una tranquilidad relativa a la provincia británica, la inversión en el sector turístico ha propiciado la aparición de nuevas atracciones, que complementan a las archiconocidas de la Calzada del Gigante o los murales de Belfast.

“La inversión en el sector turístico ha propiciado la aparición de nuevas atracciones y su amplia oferta se mueve ahora desde las actividades más tradicionales, como el senderismo, el submarinismo o la caza, hacia otras con las que elevar los niveles de adrenalina”.

Su amplia oferta se mueve ahora desde las actividades más tradicionales, como el senderismo, el submarinismo o la caza, hacia otras con las que elevar los niveles de adrenalina.

Una de ellas es The Jungle , el primer parque de actividades de aventura establecido en la isla, que no tiene nada que envidiar, por ejemplo, a los franceses, pioneros en este tipo de oferta turística.

Situado en el pueblo de Moneymore, a unos 65 kilómetros al oeste de la capital, su atracción estrella es el circuito de cuerdas, un recorrido por árboles que pone a prueba el equilibrio, atrevimiento y vértigo del participante, quien sortea hasta 40 obstáculos de rama en rama a 30 metros de altura.

Altas dosis de adrenalina

Si la dosis de adrenalina no ha sido suficiente, se puede probar una batalla de "paintball" o el "zorbing", una actividad importada de Nueva Zelanda que consiste en meterse dentro de una gran bola de plástico inflada, bien asegurado con arneses, y rodar por una pendiente.

La Jungla también ofrece tiro al plato, una actividad vetada al público en general hasta hace unos pocos años porque las autoridades norirlandesas temían que fuese utilizada por los pistoleros de grupos paramilitares para afinar la puntería con fines más siniestros que los de cazar aves.

Un trayecto en coche en dirección oeste llevará al viajero hasta Limavady, zona fronteriza del condado norirlandés de Londonderry, situada junto al lago Foyle y el imponente Monte Binevenagh.

Aquí, Ian Martin y su hijo Jamie llevan una granja de ganado establecida por sus antepasados hace más de 200 años. Un negocio que han diversificado ahora para convertirlo en un área de tiempo libre en el que practicar "paintball", tiro con arco y la conducción de hovercrafts o aerodeslizadores.

Su empresa ganó en 2010 el premio al Mejor Negocio Rural de Irlanda del Norte, cuyo Gobierno ofrece incentivos económicos para animar a las industrias tradicionales de la provincia a introducirse en el sector turístico.

Después de una breve lección de conducción, cualquiera está listo para ponerse a los mandos de los aerodeslizadores y enfrentarse a un circuito de hierba, gestionando sus sinuosas curvas y sus pasos de agua.

Ciudad amurallada

Para completar una jornada plagada de acción, nada mejor que pasar la noche en Derry, la "Ciudad Amurallada", marcada por la Historia desde el "Cerco de 1689", cuando las tropas del rey católico Jacobo II de Inglaterra asediaron sus muros para someter a la población protestante.

Casi trescientos años después, Derry se convirtió de nuevo en protagonista de este antiguo conflicto, cuando soldados británicos abatieron a tiros en 1972 a 14 católicos inocentes que participaban en una marcha por los derechos civiles de su comunidad, el conocido como "Domingo Sangriento".

Todas estas historias las cuentan con amenidad y rigor histórico cualquiera de los guías de la compañía Martin McCrossan's City Tours, que ofrece vistas a pie o en taxi a precios razonables por los puntos más significativos de la ciudad.

De camino a la costa, en busca de más aventuras, las montañas Mourne, en el condado de Down, ofrecen una amplia gama de actividades, como el barranquismo, salto de rocas en río, descenso en canoas o rutas a caballo, un aperitivo hasta llegar al Atlántico.

Frente a los acantilados del condado de Antrim, el mar esconde barcos de guerra hundidos e, incluso, restos de la Armada Invencible, toda una golosina para los amantes del submarinismo en pecios o los cazatesoros.

La asociación de buceo Aquaholics ofrece inmersiones para todos los niveles a lo largo de esta línea de costa impoluta, agraciada porque escapó del boom del ladrillo de la pasada década gracias a la protección de las autoridades locales. Todo un ejemplo para sus vecinos de la República de Irlanda.

Una de la joyas en esta zona es la isla de Rathlin, la "roca" habitada (unas 100 personas) más septentrional de Irlanda y situada entre la costa de Antrim y Escocia.

Su red de alojamientos se reduce a varios graneros de casas rurales reconvertidos en albergues y un hotel, el Manor House, remodelado gracias a una donación efectuada por el magnate británico Richard Branson, después de ser rescatado del mar por los lugareños cuando intentaba en 1987 cruzar el Atlántico en un globo aerostático.

Largas caminatas por los acantilados de la isla, submarinismo y el avistamiento de ballenas jorobadas, orcas, focas o aves como los frailecillos y araos son las principales atracciones de este remoto, agreste y cautivador paisaje.

Antes de regresar a Belfast, merece la pena parar una noche en la localidad de Bushmills, en plena ruta de la Calzada del Gigante, donde todavía se erige la destilería de whisky más antigua del mundo.

El rey Jacobo I otorgó a este pueblo la licencia para elaborar este licor espiritoso en 1608, pero documentos históricos cuentan que ya se destilaba whisky en Bushmills en el Siglo XIII.

Las visitas diarias a sus instalaciones explican de una manera sencilla y didáctica el triple proceso de destilación de la cebada en alambiques de cobre y su posterior maduración en barricas de roble.