Nubia, tierra anegada por las aguas y el olvido

Una vasta extensión de agua cubrió hace más de cuatro décadas las tierras de la mítica Nubia, situada entre el sur de Egipto y el norte de Sudán. Ahora, con su patrimonio al borde de la desaparición, este pueblo milenario trata de salir del olvido.

Sus pueblos de adobe y vivos colores, sus cultivos y muchos de sus templos quedaron sumergidos para siempre por las aguas del lago Naser tras la construcción de la presa alta de Asuán, inaugurada en enero de 1971. Los antiguos asentamientos entre el sur de Egipto y el norte de Sudán, entre la primera y la sexta catarata del río Nilo, son ahora una inmensa masa de agua azul rodeada de desierto, lo que ha provocado un fuerte desarraigo en el pueblo nubio.

“LOS MAYORES DESCRIBEN LA TIERRA QUE PERDIMOS COMO EL PARAÍSO”, ASEGURA ABDULÁ, QUE COMO OTROS DE SUS COETÁNEOS REMEMORA CON NOSTALGIA UN PASADO QUE NUNCA DISFRUTÓ”.

Pese a las décadas transcurridas, el sueño de la mayoría de los nubios sigue siendo volver cerca de su origen. “Nuestra principal demanda es el regreso a nuestras tierras en las riberas del lago Naser”, reconoce el activista nubio Amir Hegazi, que critica las zonas elegidas por las autoridades para reubicar a los cientos de miles de afectados.

El valle Karkar en Asuán o los alrededores de Kom Ombo, ambos en el sur del país, son algunos de los emplazamientos ofrecidos por el Gobierno egipcio a las familias nubias. Aunque se encuentran a pocos kilómetros del Nilo, están situados en zonas áridas. Y a duras penas cultivables.

Agua frente a desierto

Esos nuevos lugares son un desierto, no nos compensan nuestras tierras ancestrales ni el sacrificio hecho al abandonar nuestros hogares”, lamenta Hegazi, miembro de la organización cultural nubia Abu Simbel. Los nuevos pueblos tratan de mantener las características de las viviendas antiguas, con techos abovedados y fachadas decoradas con piezas de cerámica.

“LOS NUEVOS PUEBLOS TRATAN DE MANTENER LAS CARACTERÍSTICAS DE LAS VIVIENDAS ANTIGUAS, CON TECHOS ABOVEDADOS Y FACHADAS DECORADOS CON PIEZAS DE CERÁMICA”.

Aunque la construcción de la presa alta y el lago Naser abrieron un nuevo capítulo en la historia nubia, esta obra monumental no fue la primera que comenzó a marcar el destino de los nubios como pueblo sin tierra.

Ya en 1902, cuando se construyó una primera presa en Asuán, y con los posteriores recrecimientos, los primeros monumentos y poblados nubios empezaron sumergirse en las aguas ante la subida del nivel del Nilo.

Algunos optaron por aceptar ayuda gubernamental en la década de los treinta y trasladarse a nuevos emplazamientos, como los poblados construidos en la isla Elefantina de Asuán, convertida ahora en una reliquia turística. La respuesta de otros fue mover sus casas a zonas más elevadas, que quedaron definitivamente inundadas por el lago Naser a finales de los años 60.

A bordo de una faluca en Asuán, el nubio Abdulá, cuya familia se mudó en esta segunda oleada, explica que en su pueblo, Al Qubania, levantado para acoger a los desplazados, todavía sobreviven una decena de ancianos que sufrieron el desalojo.

“Los mayores describen la tierra que perdimos como el paraíso”, asegura Abdulá, que como otros de sus coetáneos rememora con nostalgia un pasado que nunca disfrutó.
A su lucha por regresar a sus hogares de origen se unen los intentos por evitar que la identidad y cultura nubia se pierdan a causa de las migraciones.

Cultura en peligro de extinción

Música alegre y rítmica, con el laúd y un pandero llamado “aduf” como principales instrumentos; trajes coloridos y numerosos bailarines hacen el folclore nubio muy vistoso, algo que también se refleja en las bodas.

De hecho, las principales danzas y canciones hacen referencia al matrimonio, cuya celebración dura varios días, y a una fiesta que se organiza siete días después del nacimiento de un niño.

“Nuestra cultura está en peligro”, lamenta el activista Hegazi, quien argumenta que en lugares como El Cairo, las nuevas generaciones se crían en un ambiente árabe y pierden poco a poco su identidad y su lengua.

Para evitar este desarraigo, el activista enseña canciones del folclore en lengua nubia a sus hijos, mientras que varias organizaciones en la capital egipcia organizan espectáculos musicales.

“LOS ANTIGUOS ASENTAMIENTOS ENTRE EL SUR DE EGIPTO Y EL NORTE DE SUDÁN, ENTRE LA PRIMERA Y LA SEXTA CATARATA DEL RÍO NILO, SON AHORA UNA INMENSA MASA DE AGUA AZUL RODEADA DE DESIERTO, LO QUE HA PROVOCADO UN FUERTE DESARRAIGO EN EL PUEBLO NUBIO”.

El idioma, que data de la época faraónica, es piedra angular de estas iniciativas para salvaguardar la poderosa cultura nubia, y centros como el club nubio de El Cairo, enseñan los dos dialectos principales: el kenzi y el fadiki.

Porque aunque la antigua Nubia estuvo dominada durante largos periodos por los faraones, cuando estos se debilitaron surgieron reinos independientes con características artísticas propias. Entre ellos destaca el de Kush, cuya dinastía rigió entre el siglo VII y VI a.C el destino de sus vecinos del norte.

Los templos plagaron esta área del sur de Egipto y, cuando los poblados nubios quedaron sumergidos bajo las aguas, una gran movilización internacional logró salvar la mayoría de estos monumentos únicos.

Un proyecto faraónico

¿La presa alta de Asuán o el rescate internacional de los templos? Si hubiera que decidir cuál de estos proyectos equivale al trabajo grandioso de construcción de la pirámide de Keops, por poner un ejemplo, sería difícil decantarse por uno de los dos.

Decenas de miles de trabajadores, un presupuesto astronómico y más de una década de trabajos caracterizaron ambos proyectos en una carrera contrarreloj.

La construcción de la presa, una faraónica obra de ingeniería hidráulica de 3.600 metros de longitud financiada por la extinta Unión Soviética, marcó el ritmo del rescate de los monumentos de Nubia antes el avance imparable de las aguas.

Los trabajos comenzaron en 1960 y la represa fue inaugurada en enero de 1971, mientras que la campaña de rescate de las antigüedades patrocinada por la UNESCO y respaldada por más de cincuenta países se extendió hasta 1980.

Un total de 14 templos fueron salvados, diez de ellos trasladados a zonas más elevadas y cuatro donados a otros países por su participación en la misión, como el templo de Debod, que hoy se puede admirar en pleno centro de la capital de España.

El rescate que quedará grabado para siempre en el imaginario colectivo fue el de Abu Simbel. Se invirtieron cuatro años para desmontar y reconstruir, cientos de metros más arriba, los majestuosos templos de Ramsés II y Nefertari, a orillas de las mismas aguas que han sepultado los sueños de los nubios.

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