Norilsk, viviendo bajo cero

Fachadas de colores caribeños, clases de salsa y baños entre témpanos de hielo amenizan a los casi 200.000 habitantes de la ciudad ártica rusa de Norilsk, que viven en una casi eterna oscuridad polar y a más de 50 grados bajo cero.

Norilsk es uno de los pocos lugares del mundo donde uno puede preguntar si es de día o de noche sin temer a que le tomen por loco. Tres meses al año, de noviembre a febrero, en Norilsk no sale el sol y tan solo la aurora boreal rompe la oscuridad de la larga noche. A cambio, de mayo a junio el sol no desaparece del horizonte y siempre es de día.

El largo día resulta no menos duro para el ser humano que la noche interminable, a los que se suman los vientos y el frío casi eterno.

“¿Y el verano, es caluroso?”. “Sí, pero este año cayó en un día laboral”, responden en Norilsk, donde la temperatura media de julio, el mes más “caluroso”, es de 15ºC.

El sentido de humor es obligatorio para sobrevivir en Norilsk, como el mejor remedio para evitar la enfermedad que los médicos llaman síndrome de tensión ártica.

La primera impresión sobre el clima y la interminable noche polar atemorizan al turista de que al poco esa u cualquier otra rara enfermedad se apoderaría de él si se quedara aquí más tiempo, pero tras su primer contacto con los habitantes de Norilsk desaparecen los miedos.

De manga corta

Preparando el primer viaje a Norilsk, donde ya en octubre la temperatura puede llegar a los 30 grados bajo cero, uno carga el equipaje de ropa térmica, gruesas prendas de lana, etcétera. Y lo pasará mal en el destino, pues en cada casa, oficina, cafetería, en cada local que entre se encontrará con las sonrisas de hombres en camisetas de manga corta y mujeres con vestidos de verano. El calor invade toda la ciudad, pese a que las casas están erigidas sobre el hielo perpetuo, que se extiende bajo sus cimientos hasta unos 100 metros.

La excepción es la calle, donde las temperaturas alcanzan a veces los 60 grados bajo cero con vientos de 30 metros por segundo, por lo que de todos modos hay que llevar un grueso abrigo, bajo el cual, según los locales, ya da igual qué ponerse. Cierto es que la calle está adaptada como en ningún otro lugar de Rusia para proteger al transeúnte de las inclemencias árticas. Los edificios de viviendas tienen forma de cuadrado, para resguardar del viento los patios interiores, y bajo los arcos que conducen dentro de las edificaciones hay barandillas que ayudan a aguantar las embestidas de los huracanes árticos.

“Como en muchos otros lugares de las inmensidades de Rusia, los pioneros de estas inhóspitas tierras fueron los presos que tuvieron la ‘suerte’ de no ser fusilados, sino condenados a trabajos forzados. Eran presos políticos”.

Gracias en gran parte a “Norilski Nikel”, el todopoderoso consorcio industrial que todo lo controla para bien de sus ciudadanos en esta ciudad, las paradas del transporte público son sólidas edificaciones con calefacción, puertas y ventanas. Lugares aptos hasta para vivir, pues no será una broma el relato de un autóctono, que atrapado por la tormenta, con visibilidad nula y vientos huracanados, tuvo que pernoctar en una parada de autobús a 50 bajo cero.

Aunque hoy esta situación ya no se habría dado ahora que  “Norilski Nikel” ha comprado para la ciudad autobuses capaces de seguir en marcha en medio de cualquier tormenta. Se ha hecho mucho para que la vida en esta inhóspita ciudad sea menos desagradable y tan solo un sitio recuerda tiempos aún más oscuros que la noche ártica cuando el hombre hacía todo para que la vida de los sus semejantes,  los primeros pobladores, fuese muchos más dura.

Norlag, el infierno glacial

Como en muchos otros lugares de las inmensidades de Rusia, los pioneros de estas inhóspitas tierras fueron los presos que tuvieron la ‘suerte’ de no ser fusilados, sino condenados a trabajos forzados en auténticos campos de concentración, dignos de la Alemania nazi, durante las purgas estalinistas de mediados los años treinta. Los más dichosos llegaban aquí durante el corto verano por río o a pie, otros, la mayoría, tenían que recorrer andando, bajo el terrible frío, decenas de kilómetros desde el ferrocarril más cercano.

No llegaban aquí delincuentes comunes. Todos los internos del Norlag, como se llamaba el más frío islote del terrible archipiélago Gulag descrito años después por el Nobel Alexandr Solzhenitsin, eran presos políticos – hombres y mujeres de toda la enorme Unión Soviética- científicos, médicos, ingenieros, maestros, artistas.

Con los años, Norlag se fue convirtiendo en el reflejo de la expansión del imperio de Stalin y de las represiones del sanguinario dictador. Primero llegaron los oficiales de las repúblicas bálticas, letones, lituanos, estonios; luego los polacos. También pasó por aquí algún que otro republicano español, condenado como “antisoviético” por querer marcharse a otro país.

Fueron los presos los que a pico y pala, en medio de la perpetua congelación, construyeron las primeras canteras, la fábrica y la vieja ciudad. Entre 1935 a 1956 pasaron por Norlag no menos de 400.000 prisioneros.

En medio del frío polar trabajaban mal vestidos y desnutridos durante doce horas diarias, para luego ir ‘descansar’ en los barracones, tiritando de frío y escuchando los aullidos del viento polar. Vivían o sobrevivían, soñando con la libertad bajo la aurora boreal, y aquí morían, esperándola.

“Los habitantes locales dicen que, por su arquitectura, Norilsk se parece al San Petersburgo de mediados del siglo XX, pues fue construido por los mismos arquitectos que tras  la II Guerra Mundial ampliaron la antigua capital imperial y trataron de trasladar a esta ciudad ártica los rasgos de su ciudad natal”.

Hoy, al pie del Monte Shmidt sigue el cementerio donde enterraban a los presos. A principios de los años noventa, tras la caída del comunismo, se levantó en este lugar el monumento “El calvario de Norilsk”. Al pie del monte, el viento helado se mete por todas partes entre las ropas del viajero, calando hasta los huesos en apenas media hora e igual que entonces, en medio de la noche polar, se cierne impasible la enorme roca de esta Gólgota Ártica.

Prototipo de estación lunar

Tan solo las ingentes riquezas naturales del subsuelo justifican la presencia del hombre en tan inhumanas condiciones, sugiriendo la comparación de Norilsk, donde toda la vida gira en torno a la producción de “Norilski Nikel”, con una futura estación lunar.

Toda comunicación con el “continente”, como llaman aquí al resto de Rusia, se lleva a cabo por naves marítimas, fluviales y aéreas del gigantesco consorcio. Para transportar los metales que produce, el gigante industrial construyó toda una flota de rompehielos y buques de transporte capaces de navegar ente los hielos durante la mayor parte del año.

En otoño pasado, el rompehielos de carga “Monchegorsk”, propiedad de “Norilski Nikel”, cubrió en una sola temporada de navegación la ruta desde Murmansk, en el extremo norte europeo de Rusia, hasta la ciudad china de Shanghai.

“Norilski Nikel” desarrolla el ciclo completo de producción, desde la prospección y producción de materia prima hasta la fundición y comercialización de los metales. Sus productos se exportan a una veintena de países y en las joyerías de Norilsk se pueden adquirir joyas elaboradas de su platino y paladio.

Durante el breve verano, la flota fluvial se encarga de transportar todo lo necesario para la vida durante el largo invierno por el río Yeniséi hasta el puerto de Dudinka, que junto con el ferrocarril local también pertenece al consorcio.

Sin embargo, salvo por los suministros de alimentos, y no todos, Norilsk es prácticamente una ciudad autosuficiente. Sus plantas eléctricas generan energía y el gas y petróleo se extrae de yacimientos locales y se procesa en plantas que también pertenecen a la industria.

Hace unos años, a fin de hacer más asequible la comunicación aérea, el consorcio creó su propia compañía aérea, “Nord Star”, que forzó a la competencia a bajar los precios de los pasajes.

La empresa también se encarga del descanso de su personal, que disfruta de unas vacaciones de noventa días al año, y el monto de sus programas sociales asciende a los 3.000 millones de rublos (unos 80 millones de euros).  Además del enorme hotel “Zapoliárie” (Transpolar), el mejor del balneario ruso de Sochi a orillas del mar Negro y propiedad del consorcio, cubre gran parte del gasto vacacional a sus trabajadores. De este modo, dos semanas en Bulgaria le cuesta a un operario de la empresa el simbólico precio de 1.500 rublos (menos de 40 euros), y dos semanas en las playas de España le valen junto con el vuelo unos 12.000 rublos (300 euros).

La palmira polar

Los osos no andan por las calles de Norilsk. Por regla general, por cuanto hace unos años un hombre tenía a una osa polar llamada Ayka, que vivía en su apartamento y a la que paseaba por las calles como a un perro.

Los habitantes locales dicen que, por su arquitectura, Norilsk se parece al San Petersburgo de mediados del siglo XX, pues fue construido por los mismos arquitectos que tras  la II Guerra Mundial ampliaron la antigua capital imperial y trataron de trasladar a esta ciudad ártica los rasgos de su ciudad natal. Y así, si a San Petersburgo la llamaban La Palmira del Norte en el siglo XVIII, dicen los autóctonos que Norilsk es La Palmira Polar.

Habría que ser un verdadero experto para distinguir en los edificios de la ciudad ártica los rasgos del Leningrado soviético, más aun en la actualidad, después de que por recomendación de los psicólogos sus fachadas están pintadas de colores que recuerdan una paradisíaca isla tropical.

Pero si en el Caribe esos colores reflejan la alegría de la vida en un entorno paradisíaco, aquí, tras el Círculo Polar, están llamados a mitigar la inclemencia de la naturaleza y el clima.

Tampoco por estos parajes falta la alegría, pues hasta la llegada del largo y deprimente invierno se celebra como una fiesta.

“En octubre la temperatura puede llegar a los 30 grados bajo cero, uno carga el equipaje de ropa térmica, gruesas prendas de lana, etcétera. Y lo pasará mal en el destino, pues en cada casa, oficina, cafetería, en cada local que entre se encontrará con las sonrisas de hombres en camisetas de manga corta y mujeres con vestidos de verano”.

La abrumadora mayoría de la población es joven, que llega atraída por la posibilidad de hacer una rápida carrera profesional y gozar de unas condiciones económicas que difícilmente conseguiría en otra parte de Rusia. Una vez aquí se ponen a trabajar para preparar su vuelta al “continente”, a la parte europea del país. Con este fin el consorcio invierte en la construcción de viviendas en Rusia Central. Para conseguir un piso en otra ciudad basta con trabajar diez años en Norilsk.

El ártico tropical

El museo local presume de un diente de mamut del tamaño de una bota de la talla 46 y la guía cuenta que hace millones de años atrás vivían en este mismo lugar, entre la abundante vegetación tropical, los enormes antepasados de los elefantes. De sus colmillos, que hasta el día de hoy se pueden encontrar en las cercanías de la ciudad, los pobladores autóctonos de la península de Taymir, donde está situada Norilsk, tallan con gran maestría numerosos recuerdos que se pueden adquirir en abundancia en las tiendas locales.

Aquellos lejanos tiempos, en los que en lugar de los témpanos de hielo se extendían en estas tierras inmensas playas capaces de competir con los más afamados balnearios de hoy, se han refugiado en el subconsciente de los habitantes locales. La cafetería de moda se llama El Cocotero, el centro recreativo lleva el nombre de África, las clases de salsa y danzas hindúes no salen de moda, y escondidos entre las pieles de los gorros y abrigos con frecuencia se ven rostros bronceados, pues los solarios (salas de rayos UVA) son uno de los negocios más prósperos.

El optimismo de algunos es tal que incluso han convertido el lago local Dólgoye, situado entre la ciudad y la zona industrial, en una auténtica playa, donde se bañan casi con cualquier tiempo. Hasta hace poco el lago sirvió de vertedero para la central eléctrica, pero en los últimos años las autoridades locales se han volcado en mejorar la ecología de la zona, uno de los principales problemas de Norilsk para cuya solución se han invertido en seis años casi 1.700 millones de euros. Como resultado, para 2015 se prevé reducir en cuatro el nivel de contaminación industrial.

Ahora, más de 200 personas integran el club “Morsas de Taymir”, capaces de desnudarse a 50 bajo cero y sumergirse en las aguas del claro, abierto a hachazos en el grueso caparazón de hielo que cubre el lago.

Dólgoye en el idioma de la etnia local de los Dolgan significa sagrado. “Por eso sus aguas dan fuerza y se llevan todo lo malo”, explica el presidente del club, Guennadi Aksiónov, muy disgustado si el visitante se niega a seguir su ejemplo.

“¡Estar aquí y no zambullirse! Aquí se baña gente desde un año de edad y hasta los 70. ¿Para que ha venido entonces a Norilsk?”.

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