Mitología y naturaleza en el Parque Nikko

El sendero Senjo-ga-hara atraviesa una meseta que fue escenario de una feroz batalla entre dioses de la mitología japonesa. Es una de las joyas del Parque Nacional Nikko, a 130 kilómetros de Tokio. Tras el terremoto y tsunami del pasado 11 de marzo comienza a recuperar un turismo atraído por la incomparable belleza del lugar.

El camino de Senjo-go-hara atraviesa una meseta que fue el escenario de una feroz batalla entre dioses de la mitología japonesa. En su recorrido, el viajero puede contemplar hermosos paisajes, cascadas y bosques habitados por osos y por una gran variedad de pájaros, pues este área fue incluida en 2005 en la lista de la “Convención sobre los Humedales de Importancia Internacional” o “Convención Ramsar”, que protege los hábitat de las aves migratorias.

“Este área fue incluida en 2005 en la lista de la “Convención sobre los Humedales de Importancia Internacional” o “Convención Ramsar”, que protege los hábitat de las aves migratorias”.

El desastre natural de marzo y la crisis nuclear posterior hicieron mella temporalmente en el turismo de este parque nacional, pero la mejora de la situación y los esfuerzos de las autoridades para promocionarlo han permitido que, poco a poco, sus legendarios caminos vuelvan a estar concurridos.

A ello han contribuido las campañas del gobierno provincial, entre ellas la de invitar a representantes diplomáticos de una veintena de países para que transmitan el mensaje de que la zona es tan bella como segura.

Aguas termales

El sendero Senjo-ga-hara comienza cerca del lago Yunoko (lago de agua caliente) pero, si se hace un pequeño desvío a pie de 20 minutos hacia el norte, el visitante podrá disfrutar de las aguas termales de Yumoto, un hervidero de líquido volcánico, cargado de compuestos de azufre y otras sustancias, que alcanza los 80 grados de temperatura.

Esas aguas abastecen a los famosos “onsen” o tradicionales baños termales que proliferan en el Parque Nacional Nikko y en todo Japón.

Al norte de Yumoto se puede ver la fuente principal de esas aguas volcánicas, que hierven al aire libre en medio de casetas tradicionales japonesas de madera, muy cerca del pequeño templo Onsen-ji, dedicado al Buda medicinal.

Según la historia nipona, el sacerdote Shodo, fundador de Nikko, descubrió en el año 788 de nuestra era las aguas termales de Yumoto. En este pueblo proliferan los “ryokan” u hoteles tradicionales japoneses, que tienen sus propios “onsen”.

Hasta Yumoto se llega con un autobús que se coge en la ciudad de Nikko, la cual atraviesa una ruta zigzagueante con 48 curvas como el alfabeto hiragana japonés llamada “Irohazaka” y en donde a veces algunos simios dan la bienvenida al visitante.

“En su recorrido, el viajero puede contemplar hermosos paisajes, cascadas y bosques habitados por osos y por una gran variedad de pájaros”.

Senjo-ga-hara es un trayecto fácil que dura unas dos horas  siguiendo a pie el curso del río Yukawa. Su recorrido, a unos 1.400 metros sobre el nivel del mar, transcurre principalmente por zonas planas o en descenso y, aunque si llueve su superficie puede llegar a ser resbaladiza, no requiere equipo o calzado especial.

Aunque las señales están escritas casi todas en japonés, el turista extranjero no tiene problema en seguir un sendero bien marcado por mojones, pasamanos, corredores y escaleras de madera, todos ellos integrados en la naturaleza, como suele ser habitual en Japón.

Osos y cascadas

A lo largo del Senjo-ga-hara se levantan, en medio de una tierra arcillosa y a lo largo y ancho del río Yunoko, cedros y abedules, algunos tan antiguos que el paso del tiempo ya los ha arrancado del suelo.

En los alrededores habitan osos salvajes por lo que las guías recomiendan utilizar cinturones “espanta osos” con un sonido especial que los ahuyenta, especialmente a primera y última hora del día.

La primera parada obligada es la cascada de Yutaki, que golpea  contra las piedras de lava del monte Nantai como si fuera una larga cabellera blanca, cuyo color contrasta con las hojas de los árboles del alrededor.

“El Parque Nacional Nikko tiene decenas de senderos con mayor o menor grado de dificultad y duración, además de numerosas rutas por templos que dan cuenta de la armonía de la arquitectura nipona con la naturaleza y el compromiso del país por proteger sus zonas naturales”.

Las cascadas de Yutaki y Ryuzu, que forman parte de este trayecto, son junto con la de Keegon las tres más famosas del Parque Nacional Nikko. Desde un mirador, la gente puede tomar fotografías, sentarse a comer udon o ramen (dos tipos de pastas muy populares en Japón) o proseguir por el sendero hacia un bosque más abierto, hogar de decenas de pájaros.

Allí habitan los Papamoscas de Narciso o “Kibitaki”, los Emberiza cioides o “Hoojiro” y su pariente Emberiza fucata o “Hoakas”, entre otras decenas de especies. Los ornitólogos y los amantes de las aves buscan catalejos y silencio para sorprenderlos en sus rutinas, especialmente en la primavera boreal.

Cuenta la leyenda que los dioses de las montañas Akagi y Nantai, ante la imposibilidad de resolver sus problemas territoriales por la vía diplomática, se enfrentaron con sus ejércitos en diversos combates.

El escenario de su último encuentro bélico fue precisamente la meseta de Senjo-ga-hara, donde el dios de Akagi se transformó en un ciempiés y el de Nantai en una serpiente. En medio de la sangrienta lucha, Sarumara, nieto de Nantai, lanzó un flechazo certero al ojo izquierdo de Akagi, lo que obligó a la retirada definitiva de sus tropas.

Se cree que esa meseta era hace unos 20.000 años un inmenso lago que, tras ser inundado por la lava del Nantai, se convirtió en el actual paraje desolador y abierto, en el que se impone ese monte de 2.486 metros de altura.

El sendero termina en las cascadas de Ryuzu o “Cabeza de dragón”, de unos 200 metros de longitud y que, en su caída, van a parar al inmenso lago azul cobalto Chuzenji, el mismo territorio disputado por los dioses del Nantai y Akagi.

El Parque Nacional Nikko también tiene decenas de senderos con mayor o menor grado de dificultad y duración, además de numerosas rutas por templos que dan cuenta de la armonía de la arquitectura nipona con la naturaleza y el compromiso del país por proteger sus zonas naturales.

Japón, con su treintena de parques y medio centenar de reservas naturales, tiene alrededor de un diez por ciento de su territorio terrestre protegido.

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