La ciudad dorada

Ouro Preto, considerada la primera gran ciudad de Brasil, celebra su tricentenario con una mirada a su dorado pasado y con el desafío de consolidar su diversidad cultural y belleza arquitectónica en el mapa turístico del país.

La importancia histórica de este municipio de calles empinadas y adoquinadas, declarado en 1980 Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad por la Unesco, se debe a sus antiguas reservas de oro que durante la colonia atrajeron a los enviados de la Corona portuguesa y a miles de aventureros en busca del metal dorado y de piedras preciosas.

Ciudades históricas mineras

Este núcleo urbano que se formó en las montañas de la región central del estado de Minas Gerais (sudeste) fue elevado a la categoría de villa en julio de 1711 y forma parte junto con Mariana, Tiradentes, Congonhas, São João del Rey, Sabará y Diamantina de las llamadas ciudades históricas mineiras que alcanzaron su esplendor en la época de la Colonia.

Ouro Preto fue conocida inicialmente como Vila Rica, una próspera ciudad que en el siglo XVIII llegó a ser la urbe más populosa de Brasil y en 1823, después de que se proclamase la independencia del país, el emperador Pedro I le otorgó el título de Ciudad Imperial por su abundante riqueza mineral.

Según los historiadores, en el siglo XVIII, periodo de máximo esplendor de las ciudades históricas, se extrajeron de las minas de la región cerca de 1.200 toneladas de oro y miles de diamantes.

La abundante arquitectura de Ouro Preto, herencia del período colonial, está presidida por nueve iglesias barrocas que fueron construidas sobre las colinas que bordean la ciudad y desde las que se contempla un paisaje místico.

El templo más reclamado por los visitantes es la basílica del Pilar, un proyecto del portugués Pedro Gomes Chaves que fue ornamentada en parte con el oro extraído de las minas que circundan la región.

“El problema era que el pueblo tenía oro, pero la gente no tenía qué comer”, explica el alcalde Angelo Oswaldo Santos, en alusión a la escasez que sufrió la población en algunas épocas del período colonial debido a la superpoblación de colonizadores, mineros y aventureros.

La influencia colonial también se aprecia en el patrimonio artístico de la ciudad, que cuenta con edificaciones de marcado estilo barroco semejantes a las que se levantan en Coimbra (Portugal).

“La abundante arquitectura de Ouro Preto, herencia del período colonial, está presidida por nueve iglesias barrocas que fueron construidas sobre las colinas que bordean la ciudad y desde las que se contempla un paisaje místico”.

Esa riqueza minera la reflejó el francés Claude Henri Gorceix, fundador en 1876 de la prestigiosa Escuela de Minas de Ouro Preto, en una carta enviada al emperador Pedro II de Brasil.

“En una minúscula extensión de terreno se puede estudiar una serie casi completa de las rocas metamórficas que constituyen gran parte del territorio brasileño, y todos los rincones de la ciudad se prestan para excursiones mineralógicas interesantes y provechosas”, señaló Gorceix en la misiva.

El componente histórico que envuelve a Ouro Preto incluso se contempla en su plaza central, en la que se levanta un monumento en homenaje a Joaquim José da Silva Xavier, conocido como Tiradentes (sacamuelas), un dentista ejecutado por el poder colonial portugués en abril de 1792 por participar en el movimiento independentista conocido como Inconfidencia Mineira y elevado a la categoría de mártir y héroe nacional.

Semana Santa a todo color

La villa histórica también respira un gran ambiente religioso, que alcanza su plenitud en Semana Santa, en la que miles de turistas son atraídos por las procesiones que discurren por elaboradas alfombras, confeccionadas por los vecinos con serrín y decoradas con flores.

Los tapetes, ultimados antes del Domingo de Pascua, cubren casi todas las calles del pueblo y son diseñados en función de una temática determinada con anterioridad.

En paralelo a las procesiones, los ouropretanos representan pasajes bíblicos en medio de una multitud que asiste al espectáculo con atención y sin perder detalle de las tradicionales indumentarias religiosas.

“En esas fechas se redobla la fe religiosa porque la gente llega como turista y sale como peregrino”, confesó el alcalde.

Más allá de emplear su magnífica arquitectura, Ouro Preto atrae a los turistas con una amplia oferta cultural que ocupa la ciudad durante todo el año.

La celebración del tricentenario coincidirá con el inicio del Festival de Invierno, una cita consolidada que desde 1967 acerca el carácter artístico de la cultura a los ciudadanos.

“Con el reclamo de su bello casco urbano, Ouro Preto también se contagia del espíritu del carnaval, una fiesta que ha alcanzado gran repercusión en las ciudades históricas de Minas Gerais”.

Consciente de que la competencia es extremadamente dura, el alcalde ha reclamado a sus vecinos un cambio de mentalidad para cuidar el turismo, considerado la principal fuente económica de Ouro Preto, de la que dependen unos 3.000 empleos.

El padre Luis Carlos Carneiro, uno de los párrocos del pueblo, considera que la ciudad es “un rico depósito de fe” que debe trabajar para que el turista que les visite aprecie la belleza arquitectónica y encuentre igualmente “un elemento espiritual”.

En un contexto menos religioso, Ouro Preto se convierte durante la primera quincena de noviembre en un referente para el idioma portugués con la organización del Foro de las Letras, que cada año se celebra con el deseo de realzar la identidad y la diversidad de la lengua de Camoes.

Repúblicas universitarias

Con el reclamo de su bello casco urbano, Ouro Preto también se contagia del espíritu del carnaval, una fiesta que ha alcanzado gran repercusión en las ciudades históricas de Minas Gerais.

Las populares comparsas carnavalescas que atraen cada año a millones de personas pasean por las empinadas y antiguas calles de la ciudad al ritmo de típicos estilos musicales de Brasil.

La juerga se redobla cada fin de semana debido a los miles de alumnos que estudian en la Universidad Federal de Ouro Preto, una institución prestigiosa que combina tradición y modernidad.

Ese espíritu juvenil tiene su origen en las llamadas “repúblicas universitarias”, caserones coloniales habitados por grupos de estudiantes y administrados por ellos mismos, que han alcanzado gran notoriedad por sus fiestas y por las duras novatadas que sufren los jóvenes que optan por residir en ellas.

“No tenemos opción: o apostamos por el turismo o nos morimos, porque los recursos minerales se acabarán algún día”, anota el alcalde.

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