Huir del mundanal ruido

No ofrecen lujo ni aventura pero sí reflexión, contemplación y vida austera. Cada vez más monasterios ofrecen la posibilidad de hospedarse en sus recintos y participar de su rutina. A veces, para desconectar, relajarse o reflexionar no hace falta gastar dinero ni poner tierra de por medio.

Ahora no es necesario ordenarse monje para disfrutar de los encantos de la vida retirada. Cada vez más monasterios abren sus puertas a quienes quieran conocer la vida contemplativa. Mantener el silencio y respetar los horarios de las comidas son las obligaciones de quienes quieran huir del mundanal ruido.

Cerca de una gran urbe como Madrid, se levanta el monasterio del Paular, en un entorno de gran belleza como es el parque natural de Peñalara. Desde 1954 reside en él una comunidad de monjes benedictinos que, a lo largo de su historia, han tenido una licorería, una quesería, una piscifactoría de truchas y una huerta. Hace poco que han recuperado la venta de un licor benedictino elaborado según su propia receta. Una de las principales actividades que realizan es la conservación y mantenimiento del monasterio, enseñando la riqueza que encierra este imponente edificio, como las pinturas de Vicente Carducho, pertenecientes al museo del Prado.

“La leyenda dice que el monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles, en Azul (Buenos Aires), acogió al piloto del avión que arrojó la bomba atómica sobre Hiroshima”.

El monasterio del Paular, en Madrid, ha abierto un ala independiente de la clausura para dar acogida a personas individuales y grupos que deseen compartir con ellos unos días de recogimiento y oración. Los huéspedes deberán respetar los horarios que sigue la comunidad religiosa y, sobre todo, no alterar el silencio del recinto sagrado. Por este motivo, el monasterio, que admite a hombres y a mujeres, excluye a los niños menores de 14 años.

Las tres horas monásticas más importantes del día (laudes, sexta y vísperas) son de observancia obligatoria por parte de los huéspedes, aunque están invitados a asistir a todos los rezos de la jornada. Las estancias son de tres a diez días y la tarifa completa es de 56 dólares (40 euros) por día.

Huéspedes de leyenda

La Órden Cisterciense de la Estrecha Observancia, cuyos miembros son conocidos como “trapenses”, es una orden religiosa contemplativa de la Iglesia Católica que sigue la regla de San Benito, que en uno de sus capítulos dice: “Recíbanse a todos los huéspedes que llegan como a Cristo, pues Él mismo ha de decir: “Huésped fui y me recibieron”. Sus monasterios repartidos por todo el mundo suelen contar con hospederías, como la del monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles en Azul (Buenos Aires).

Aquí también la puntualidad en las comidas y el silencio son máximas a seguir y se aconseja asistir a las oraciones comunitarias en la iglesia. Las estancias son de 4 o 5 días, comienzan todos los viernes y terminan el lunes o martes de la semana siguiente. La hospedería aloja a varones y matrimonios y, una vez al mes, a mujeres. El precio por día es de unos 70 dólares (50 euros).

Desde su fundación, en 1958, corrió el rumor de que el general Paul Tibbets, piloto del avión que arrojó sobre Hiroshima la primera bomba atómica, escogió este monasterio para retirarse. Los monjes de Azul niegan esta “leyenda” y apuntan en su web a otras posibles versiones. Entre ellas, la de que uno de los tripulantes se hiciera monje de un monasterio trapense de Estados Unidos, y se quedara en él “hasta su muerte hace pocos años”. La otra versión es que uno de los miembros de esa misión se retiró temporalmente por consejo de un sacerdote. En cualquier caso, la “leyenda” continúa y muchos se han acercado al monasterio atraídos por ella.

“Ora et labora”

Los monasterios “trapenses” ofrecen pocas camas, sus tarifas son bajas -muchas veces, la voluntad- y sobreviven gracias a la producción de alimentos y herramientas de trabajo, actividades a las que los huéspedes pueden unirse.

En el corazón de Inglaterra, en Charnwood Forest (Leicestershire), se levanta la abadía Mount Saint Bernard. Sus monjes cultivan sus propias hortalizas, producen miel, cerámicas, cuidan de un centenar de vacas y se ocupan de la tienda donde comercializan sus productos. Las estancias van de uno a cinco días y, aunque no tienen tarifa fija, los monjes agradecen los donativos o la colaboración en las tareas de la abadía.

En la Bretaña francesa, la abadía Mont-des-Cats acoge también a familias que desean profundizar en su vida de oración. Esta bella abadía posee la placa de impresión de una antigua etiqueta de queso de 1895, “San Bernardo”, que todavía fabrican, y acaban de presentar la cerveza “Mont des Cats”. Los huéspedes pueden participar en estas actividades.

En clave “OM”

Las órdenes monásticas budistas también se abren a los interesados en conocer una vida marcada por las enseñanzas que Buda impartió hace 2.500 años.

En un pequeño bosque del nordeste de Tailandia está el monasterio budista internacional Wat Pah Nanachat, donde residen monjes de todas las nacionalidades y el inglés es el idioma común. Los huéspedes, hombres y mujeres, se incorporan a las rutinas del monasterio para así alcanzar la “iluminación”. Durante la estancia en Wat Pat Nanachat se han de cumplir cinco preceptos: inocuidad (no causar la muerte intencionada de ningún ser vivo), sinceridad, castidad, silencio y sobriedad.

Pero para disfrutar de un retiro budista no hay que irse tan lejos. Los centros Dhamma, con sedes en países de los cinco continentes, reproducen la vida de los monasterios budistas y exigen guardar silencio, madrugar y meditar hasta ocho horas al día.

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