El Versalles ruso

En el corazón de la ciudad más grande de Europa, donde hoy conviven más de doce millones de personas, un oasis de naturaleza, historia y arquitectura rusa se extiende a orillas del río Moscova en su descenso hacia el sur de Moscú: Kolómenskoye, reserva natural y conjunto histórico-arquitectónico.

En Kolómenskoye pasaron su infancia algunos de los zares más grandes de la historia rusa, como Pedro I y aquí vivieron algunos de sus años más gloriosos los monarcas de la vieja Rusia, aquella que no había dirigido aún su mirada a Europa.

Lugar sagrado para muchos rusos, como lo era también para la realeza que durante siglos vivió a caballo entre estas tierras y sus aposentos del Kremlin, Kolómenskoye es cuna de mitos y leyendas, testigo de grandes victorias y dolorosas derrotas.

Inabarcable para la vista, solo puede ser recorrido a pie. Un paseo por los recovecos y laberintos de la historia de un gran imperio que se alimentó de las raíces de una pequeña ciudad estado del Medievo: la Moscú feudal de Iván Kalitá, gran duque ruso que estableció su residencia veraniega y coto de caza en este lugar.

“En el centro de la reserva, una iglesia del siglo XVI, edificaciones del siglo XVII y otras de los siglos XVIII y XIX se abren a los ojos del visitante en el mismo espacio. Riqueza, variedad de estilos y tiempos históricos que han llegado hasta nuestros días  gracias a generaciones de monarcas rusos, que nunca abandonaron este lugar”.

Poco o nada queda hoy de aquella época más bien oscura.  Tan solo seis robles que cuentan casi los mismos años que la propia ciudad. A sus más de 850 primaveras vigilan orgullosos uno de tantos bosques que se reparten por las 390 hectáreas de la reserva.

Hoy, Kolómenskoye es un gran atractivo para propios y foráneos. El recorrido por su extenso territorio corre el velo sobre algunas de las obras maestras de los arquitectos rusos, capaces de construir torres defensivas, palacios e iglesias sin apenas usar clavos ni sierras, hace cuatro siglos.

En el centro de la reserva, una iglesia del siglo XVI, edificaciones del siglo XVII y otras de los siglos XVIII y XIX se abren a los ojos del visitante en el mismo espacio.

Riqueza, variedad de estilos y tiempos históricos que han llegado hasta nuestros días  gracias a generaciones de monarcas rusos, que nunca abandonaron este lugar.

Otoño de oro en Moscú, primeros días de octubre.  Los últimos días soleados hacen las delicias de los moscovitas, que disfrutan de la explosión de colores en la naturaleza de este bello paraje, un lugar divino consagrado a Dios y levantado por un gran zar que quiso agradecer el nacimiento de otro aún más grande.

Ascensión y sueño de una campesina

“Veinte años tuvo que esperar el gran duque de Moscú Basilio III el nacimiento de un heredero, que al final vería la luz de un segundo matrimonio”, cuenta Olga Kíchina, guía de Kolómenskoye.

Tantas veces se lo había pedido al cielo sin que sus rezos fueran oídos que  “le prometió a Dios que construiría una gran iglesia si le daba un hijo”, añade Kíchina.

Nació entonces uno de los más grandes, aunque también de los más temidos monarcas rusos, Iván el Terrible.  En agradecimiento del milagro se levantó, sobre un alto de estas tierras,  una de los primeros templos de piedra de Rusia, la Iglesia  de la Ascensión de Nuestro Señor, declarada en 1994 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

El templo,  construido en 1532 por un arquitecto italiano,  dista mucho de las clásicas iglesias ortodoxas rusas, reconocibles por sus cúpulas y por la riqueza y el oro que las adorna.  La Ascensión de Nuestro Señor podría ser una iglesia europea y católica. Su autor, según Kíchina, “hizo un largo viaje antes de llegar a Moscú, y se inspiró en decenas de iglesias medievales y renacentistas europeas que se encontró por el camino. De allí el carácter único y irrepetible de esta obra protegida”.

“Lugar sagrado para muchos rusos, como lo era también para la realeza que durante siglos vivió a caballo entre estas tierras y sus aposentos del Kremlin, Kolómenskoye es cuna de mitos y leyendas, testigo de grandes victorias y dolorosas derrotas.”

En su interior, guarda la reproducción de un tesoro artístico y cultural, el Icono de la Virgen Soberana, encontrado aquí en 1917, en tiempos de gran agitación revolucionaria.

Su historia es ya leyenda, y así la cuenta la guía. “A finales del invierno de 1917, una campesina que nunca había visto este tempo tuvo el mismo sueño tres veces, un sueño en el que se veía entrando en una iglesia blanca, donde entre basura y escombros encontraba una gran reliquia”.

“Asustada por la repetición de la visión, la mujer localizó al pope de una capilla cercana, que la llevó hasta la Ascensión, donde en el sótano encontraron el icono, sucio y oscurecido. Al limpiarlo, vieron que era una imagen de la Virgen, sentada en el trono del cielo, con el niño Jesús en las rodillas, y con  el cetro y el orbe en sus manos”, añade Kíchina.

Pero no termina allí la historia, porque según dicen, el icono fue encontrado el mismo día en que el último zar ruso, Nicolás II,  abdicó del trono. “Rusia ya no tiene monarcas, ni los tendrá jamás, nuestra zarina ahora es la Virgen. Así fue interpretado este hallazgo”, dice la guía.

Al bajar por las escalinatas del templo, una atractiva edificación invita a adentrarse en el bosque que se adivina tras su arco. Entre sus árboles se esconden los seis robles milenarios y otra iglesia. Atrás queda el sobrio blanco de la Ascensión y a la vista se abre una paleta de colores que recuerdan a las matrioshkas, esas típicas muñecas rusas.

Son las puertas del Palacio Real de Alexéi Mijáilovich (segundo zar de la dinastía Románov) quien, a mediados del siglo XVII,  dio a Kolómenskoye el estatus de residencia real.

El palacio de madera se quemó con el tiempo, pero fue reconstruido hace unos años, de acuerdo con los planos originales. Ahora ya no está tras las majestuosas puertas, sino en otro extremo de Kolómenskoye. Hoy, atravesar el arco es zambullirse en un mundo de belleza natural, no menos impresionante de lo que fue un día la residencia de los zares.

Las piedras de la fertilidad

Siguiendo el camino que marcan los robles se llega a un lugar mucho más antiguo que todo vestigio humano de esta reserva. Un largo barranco cuyas historias se contaban a los niños en tiempos en los que Rusia era aún tierra de pueblos casi primitivos. Aquí, al barranco de Volos, se viene para oír mitos de los primeros pobladores eslavos que habitaron sus alrededores.

Entre las dos laderas discurre lento un riachuelo, y andando el camino que corre de su mano, cubierto por hojas otoñales y salpicado de coquetos puentes de madera, aparece el lugar que desde hace siglos atrae a mujeres y hombres. Llegan para pedirle a la naturaleza lo mismo que tantas veces le había pedido a Dios el padre de Iván el Terrible.

Dos piedras de la fertilidad, una femenina y otra masculina, reclaman a miles de creyentes.

“Los antiguos eslavos creían en la existencia de tres reinos divinos. Y ahora hemos descendido al reino inferior, el reino de Volos, donde se encuentran las dos piedras que, según antiguas creencias, ayudan a hombres y mujeres a superar la infertilidad”, explica Kícheva.

“Los eslavos creían que las piedras eran un nexo entre los mundos.  Una frontera entre este mundo y aquel del que hemos venido y al que iremos”.

Y así, se cree que estas piedras, que según los científicos llegaron a Moscú en la era glacial,  son el “mejor lugar para pedir la llegada de un ser que tendrá que llegar del otro lado”.

Museo de la madera

En una apartada y boscosa tierra del extremo norte de Rusia, en la región de Arjánguelsk, donde la noche polar se instala en invierno durante tres meses, los maestros carpinteros levantaron en 1685 una iglesia de madera que más tarde acogería una asombrosa muestra del genio popular ruso.

Allí, sobre un afluente del gran río norteño de Dvina, rezaron  durante dos siglos los habitantes de unas doce aldeas que salpicaban la inhóspita región. Pueblos apenas descritos por los historiadores que sumaban en sus mejores tiempos menos de mil habitantes.

En algún momento de mediados del siglo XIX, un artista desconocido pintó con envidiable maestría a los cuatro apóstoles evangelistas en los telares que cubrían el techo del templo. Esos telares, testigos y protagonistas del genio anónimo, pueden ser admirados hoy en Kolómenkoye, al igual que la propia Iglesia de San Jorge, trasladada a Moscú.

Al igual que sus feligreses y los pueblos que la rodeaban, la Iglesia de San Jorge se perdió en el tiempo y en la historia, primero como templo de Dios tras la Revolución Rusa, y más tarde de forma casi definitiva.

Las tierras sobre las que se levantaba fueron declaradas inútiles por el Gobierno soviético en la década de los 60 del siglo pasado.  El medio siglo siguiente, olvidada por todos, se fue cubriendo de moho. Aislada de toda presencia humana, agotaba sus días a más de 40 kilómetros del pueblo más cercano, en un paraje al que en primavera solo se puede llegar por agua y el resto del año a pie o en tractor.

Condenada a desaparecer, hasta que en 2003 fue redescubierta por un pintor de la Academia de las Artes de Rusia y trasladada a Kolómenskoye para ser restaurada. Hoy es la perla del Museo de la Arquitectura de Madera, que sobre el suelo de la reserva descubre a sus huéspedes otras obras del tradicional arte arquitectónico ruso del siglo XVII.

Agrupados en  el mismo espacio, entre otras edificaciones, están la Torre de la Fortaleza de la Hermandad (1631), habitada hace siglos por los cosacos rusos que conquistaron tierras en el Extremo Oriente siberiano, más allá del lago Baikal, y también la Torre de la Fortaleza de Suma (1680), fortín para los lanceros y arqueros de Pedro I en su guerra contra los suecos por el dominio sobre el norte ruso.

Alzando la vista, se ven  las puertas de la reserva de Kolómenskoye: las actuales, las de nuestro tiempo.  A unos cientos de metros, se extiende la gran ciudad, que recuerda aquí su historia y respira entre estos árboles.

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