El primer caballero

Castillos, ferias y banquetes auténticos con caballeros y princesas de cuento llenan de turistas la más famosa villa medieval de Portugal, Óbidos, un pueblo en la región de Leiria, en el centro oeste del país, que posee uno de los patrimonios históricos mejor conservados de Europa.

Las grandes batallas del primer rey portugués, Afonso Henriques, y sus sucesores contra la corona de Castilla impulsaron, durante los siglos XII, XIII y XIV, la edificación de cientos de castillos, fortificaciones y murallas en tierras lusas.

“La conservación de este patrimonio histórico se explica en parte por el apogeo de un discurso de glorificación del pasado portugués por parte del Gobierno del dictador Antonio Salazar”.

Siete siglos después, los cañones están apagados y el horizonte está libre de arqueros, pero más de 160 de esas construcciones se mantienen en pie como uno de los legados medievales arquitectónicos más ricos del panorama europeo.

La esmerada conservación de este patrimonio histórico se explica en parte por el apogeo de un discurso de glorificación del pasado portugués por parte del Gobierno del dictador Antonio Salazar en las décadas de los años treinta y cuarenta, según algunos expertos.

“El discurso político y arquitectónico del Estado Nuevo (período con el que se conoce los 48 años de autoritarismo en Portugal) se acercaron y promovieron unidos a la conservación de ciudades medievales y castillos”, afirma Luis Miguel Correia, autor del libro “Castelos em Portugal”.

Aquel propósito ideológico impulsó las fiestas medievales y las reformas de 90 castillos a lo largo de dos décadas, uno de los períodos de conservación del patrimonio más fructuosos de la historia de Portugal, según Correia.

El exacerbado afán por materializar en hechos el relato de un pasado heroico llevó a “recrear ciudades”, incluso “más medievales” de lo que ya eran, como si se tratara de pequeños parques de atracciones sobre la Edad Media, asegura el experto.

Su valor paisajístico e histórico ha constituido una de las “prioridades” de instituciones nacionales como el Instituto de Gestión del Patrimonio Arquitectónico y Arqueológico de Portugal (IGESPAR).

Pero además ese legado ha servido de orgullo a pequeños municipios en medio de montañas que, con mimo y cuidado, han aprovechado ese patrimonio para atraer el turismo mediante el encanto de pequeñas y grandes ferias medievales.

Auténtico mercado medieval

El caso de Óbidos, un pueblo en la región de Leiria, en el centro oeste de Portugal, es uno de los proyectos de conservación del patrimonio más paradigmáticos, uno de los más cercanos a esa imagen idílica del pasado medieval, según Correia.

Sus habitantes reconocen también esa “singularidad”, asegura José Parreira, administrador de la décima edición del Mercado Medieval de Óbidos, que se celebra cada mes de julio con una asistencia aproximada de unas cien mil personas.

“Lo que empezó como una breve feria de fin de semana hace diez años ha dado lugar a un festival de doce días en los que habitantes y turistas reviven la fantasía medieval disfrazados y participando en actividades propias de la época, como el entrenamiento de escuderos”.

“Estamos en una tierra de reinas, en un escenario natural único, con unas belllas vistas a los valles y un castillo y unas murallas que ofrecen una magia que sólo Óbidos tiene”, comenta el director de la organización.

Lo que empezó como una breve feria de fin de semana hace diez años ha dado lugar a un festival de doce días en los que habitantes y turistas reviven la fantasía medieval disfrazados y participando en actividades propias de la época, como el entrenamiento de escuderos.

La aldea es invadida por una caravana de músicos, artesanos, actores y expertos, un total de 1.000 trabajadores y voluntarios que ponen en pie un mercado de tabernas, casetas de información y escenarios para teatro y conciertos.

Historia al aire libre

Esa clave “histórica” es, según Parreira, uno de los propósitos más importantes de la feria, como demuestra la participación de historiadores, museólogos y anticuarios. Lejos de despachos, talleres y bibliotecas, y rodeados de murallas, algunos como Gonçalo Cruz, experto en la restauración y construcción de instrumentos medievales europeos, han traído ejemplos para explicar a pequeños y mayores su “pasión” por la Edad Media.

“Los instrumentos son también una tradición europea que une pueblos como Galicia (norte de España) y Portugal, por ejemplo, que comparten el gusto por la gaita”, asegura Cruz, que es también músico.

Las casetas rescatan del pasado leyendas, juguetes o artesanía medievales, y productos típicos de Portugal como la ginja, un licor dulzón extraído de las guindas, o cierta repostería regional.

Con más seriedad se ofrecen también clases de genealogía y heráldica, a cargo del historiador Luis Laforga, profesional de esta rama de la historia que bucea entre archivos para escribir la historia más lejana de antepasados familiares.

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