Cerebro rosa, cerebro azul

Las mujeres del siglo XXI se muestran a la sociedad como auténticos titanes capaces de atender a su familia, estar bellas y esbeltas y dirigir a la vez una gran empresa. ¿Tanta presión es culpa del machismo? ¿Somos hombres y mujeres cerebralmente diferentes?

Esta es la historia de la estadounidense Mary Mullarkey, una mujer que llegó a ser presidenta del Tribunal Supremo de Colorado y una de las pocas que se matricularon en la Facultad de Derecho de Harvard en 1965.

Aunque llevaban más de quince años admitiendo a mujeres en sus aulas, para Mary, como para muchas otras compañeras, la carrera le supuso un camino de espinas cuesta arriba.

Mullarkey y su amiga Pamela Minzer Burgy, que luego se convertiría en jueza del Tribunal Supremo de Nuevo México, esperaron en vano que se les hiciese alguna pregunta en clase.

Preguntarle a una mujer una cuestión relacionada con las leyes era un acontecimiento que el profesor solo dejaba para el “día de las señoritas”. Cuando por fin llegó ese día, el tema que eligió fueron los regalos matrimoniales.

Escalar con una mochila de piedras

Como Mullarkey o Minzer, para muchas mujeres supone un gran esfuerzo, mayor que el de los hombres, alcanzar un puesto de responsabilidad en una empresa.

La mujer siempre ha desempeñado un papel más familiar, asociado con el cuidado de la casa y la familia. La mayoría de estudios científicos que se han desarrollado en los últimos dos siglos sobre el tema relacionan al cerebro femenino con habilidades empáticas, como escuchar, comprender o dar consuelo.

“Para muchas mujeres supone un gran esfuerzo, mayor que el de los hombres, alcanzar un puesto de responsabilidad en una empresa”.

El cerebro del hombre es, en cambio, una máquina de relacionar conceptos, ideal para las matemáticas, ingenierías o la toma de decisiones en momentos de presión.

La neurocientífica inglesa Cordelia Fine, lejos de contentarse con la versión oficial o acogerse al discurso fácil y recurrente sobre como los hombres atacan a las mujeres con el machismo, ha optado por hilar, en su libro “Cuestión de sexos”, un sinfín de estudios que demuestran que machos y hembras no somos tan diferentes y pertenecemos a la misma especie.

¿Cerebro rosa o azul?

Fine rompe una a una las premisas de que hombres y mujeres somos diferentes y aptos para especialidades distintas. Una de las investigadoras citadas en sus textos es la psicóloga de la Universidad de Exeter (Reino Unido) Michelle Ryan.

Ella y su equipo han descubierto que la identidad social que se adopta cambia el influjo de sentimientos compasivos a la hora de resolver dilemas morales.

Es decir, es la propia mente femenina la que, impulsada por estímulos sociales, utiliza su identidad para otorgarse a sí misma más sensibilidad, simpatía o compasión, ya que es lo que se espera de ella.

En otras palabras, la mente humana se adapta a lo que se espera de ella. Es por ese motivo por lo que cuando se espera que una mujer no sea agresiva en su trabajo sino condescendiente, probablemente lo sea, no porque ella es así por naturaleza, sino por la presión que ejerce su rol moral.

Jugando al tetris

Otro ejemplo de como la mente se adapta a las circunstancias es la prueba de rotación mental, asociada a la ingeniería o las matemáticas, en la que se presupone que los hombres siempre obtienen una mayor puntuación.

Según dicha premisa, las mujeres deberían abstenerse de jugar al “Tetris” contra un hombre, pues ellos pueden visualizar la pieza en su mente y rotarla para hacerla encajar en un agujero.

No obstante, según Fine, si se cambia la forma de plantear la prueba y se les dice que las mujeres son mejores, normalmente ellas obtienen una mayor puntuación que los hombres, lo que demuestra que la capacidad cerebral está sujeta en todo momento a la identidad social.

“La mujer ambiciosa baila de espaldas y con tacones”.

Algunas investigaciones sostienen que los estereotipos negativos acerca de las mujeres pueden ser precisamente dañinos para ese tipo de mujer que está dispuesta a hacer todo lo posible por ascender en su carrera.

Además de todos estos factores, también influye mucho en la forma de actuar, sobre todo en el terreno laboral, el nivel de testosterona que tiene el cerebro, normalmente asociada a los hombres pero también presente en las mujeres.

Se supone que si un hombre es inteligente y además posee un alto nivel de testosterona estará preparado para afrontar los retos de la vida. En cambio, para una mujer igualmente inteligente y con altos niveles de testosterona será complicado, porque a su estatus se le presupone inferioridad, por lo que la mujer ambiciosa baila de espaldas y con tacones.

En conclusión, ser mujer es difícil, no porque el cerebro femenino no sirva para dirigir y analizar, sino porque la mente se autoconvence de cómo tiene que pensar y la presión social y cultural influyen mucho en el resultado final de nuestras capacidades.

Por lo tanto, las mujeres no deben de autocompadecerse por serlo, ni pensar que son inferiores, simplemente ser ellas mismas, sin prejuicios.

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